LA SERIE DE HOY: ADOLESCENCIA.

LA SERIE DE HOY: ADOLESCENCIA.

No hace falta ser un lince para detectar que el inicio de la nueva serie de Netflix de la que todo el mundo habla, es ya toda una declaración de intenciones sobre lo que luego se desarrollará a lo largo de los cuatro episodios cuya duración no llega a la hora.

Un inspector de policía ( encargado de la investigación criminal, la detención y posterior interrogatorio del menor que ha matado a puñaladas a una compañera de instituto) le comenta con cierta sorna a la sargento que lo acompaña que su hijo nuevamente ha puesto como excusa para no ir a clase que tiene problemas estomacales.

Es evidente que tal inicio no debe sorprendernos a quienes como profesionales nos venimos dedicando desde hace mucho y desde distintos prismas al análisis del acoso escolar o bullying, un fenómeno que se ha agudizado con posterioridad a la pandemia de 2020.

Lo que sí resulta sorprendente es que, a estas alturas de película, si se nos permite la expresión, un producto televisivo, de indudable calidad en cuanto a su factura (rodaje continuado en plano secuencia) e interpretación (imprescindible su visionado en versión original…..estaremos muy atentos a la carrera del debutante Owen Cooper ) haya generado tanto debate en la ciudadanía en cuanto al fondo.

Y lo decimos porque llueve sobre mojado.

Desde este blog, así como a través del podcast, llevamos desde hace mucho tiempo insistiendo hasta el agotamiento en que desde su irrupción, las nuevas tecnologías a través de los dispositivos móviles e internet ya se han consolidado como algo no solo de uso cotidiano, sino abusivo hasta lo pernicioso, generándose un enorme daño a la sociedad, afectante a la población adulta, y lo que es aún peor, a la población infantil y juvenil, en cuanto sectores más vulnerables con los que precisamente esa población adulta debería estar en permanente comunicación y diálogo en el plano educacional y emocional.

Por eso, ya desde hace más de una década, con cierta desazón todo hay que decirlo, hemos venido predicando en el desierto sobre esta cuestión, incidiendo en que resulta imprescindible que por parte de los progenitores se supervisen los contenidos a los que acceden sus hijos en internet, en especial las redes sociales, y que, como medida preventiva, demoren la entrega de un smartphone hasta que el menor adquiera la mínima madurez que se precisa para entender que, aparte que es más saludable destinar el tiempo de ocio a un mundo real y tangible, no todo lo que nos ofrece el mundo digital es veraz, sano y constructivo y, mucho más importante, que todo hecho negativo siempre acarrea unas consecuencias que pueden ser aún más negativas.

O como nos decía un profesor durante un viaje de estudios de octavo de E.G.B, “el que rompe, paga, guapo”

Por poner un ejemplo, todavía en el día de ayer leíamos una noticia sobre una sentencia de la Audiencia Provincial de Sevilla que, con buen criterio determinaba, que el mero envío de un GIF de escasísima duración con una escena de una menor con contenido sexual, es constitutiva de un delito que acarrea pena de prisión.

Por eso, y ya fijándonos en el otro ámbito educativo que no depende exclusivamente de los progenitores, tras llevarnos las manos a la cabeza al comprobar que esa cacareada brecha digital de la que se hablaba desde nuestros responsables políticos se estaba intentando suturar y saturar a base de la masiva implementación de recursos digitales en las aulas, ahora parece que la negativa tendencia obliga a una reconsideración para volver a los métodos tradicionales de aprendizaje.

Ya avanzamos en estas líneas que ocasión del vigésimo quinto aniversario de la publicación de la Ley del menor del año 2000 trataremos de reunir en el podcast de Te acuso de acoso a profesionales de distintos ámbitos con quienes pretendemos debatir acerca de la realidad de nuestros jóvenes, sujetos en el ámbito penal a una normativa que me atrevería a decir que ha quedado obsoleta y arcaica.

Y ello precisamente porque se promulgaba cuando internet daba sus primeros pasos y porque ocho años después de su entrada en vigor, un señor norteamericano con mucho poder y dinero (que no evitaron su precoz fallecimiento) se presentaba orgulloso ante la opinión pública para promocionar mundialmente su smartphone.

Pues bien, si ya en su momento fue Netlfix la que ilustró y alarmó a muchos despistados con su “Dilema de la redes sociales», la plataforma nuevamente ha dado en el clavo y ha metido el dedo en la llaga con “Adolescencia”, incidiendo en todo lo que venimos comentando en las líneas precedentes.

Hay un detalle que puede parecer desapercibido o que puede parecer baladí o incluso sorprendente, toda vez que la serie es británica: uno de los productores de la serie es el famosísimo actor norteamericano Brad Pitt.

Sin embargo, no es la primera vez ni será la última que la persona que mejor envejece del mundo, con permiso de Jordi Hurtado, tiene “buen ojo” a la hora de elegir dónde pretende invertir su dinero, máxime si uno de los protagonistas es su amigo Stephen Graham, reputado actor y coguionista de «Adolescencia», con quien ya coincidió durante el rodaje de la genial “Cerdos y diamantes”

En el primer episodio comprobamos cómo actúa un contingente policial británico que irrumpe con brutalidad en el domicilio de una familia británica de clase media para detener a un chaval de trece años que actúa espontáneamente como haría un niño de su edad, al igual que lo harían muchos adultos ante dicha situación: orinarse encima.

Usted o tú habéis leído bien: el niño tiene trece años y en el Reino Unido, a diferencia de lo que sucede en España, a esa edad un niño sí que puede ser detenido y luego acusado de un delito.

En ese punto la serie quizás tendría que haberse titulado «Pubertad», y no «Adolescencia», pero la alarmante precocidad que se vislumbra en la serie, sobre todo el tema sexual en exceso “pornificado” como reflejo de la sociedad occidental, apunta en el sentido de que el primero de los términos termine ya por desaparecer.

Pues bien, conviene advertir que en nuestro país la edad penal se sitúa en los catorce años y al respecto de esta cuestión en los debates en los que he intervenido tras escuchar las ponencias de miembros de la Fiscalía o la Judicatura (incluida la del conocidísimo Emilio Calatayud, Juez de menores de Granada, de quien tantas veces he hablado y escrito y a quien tuve ocasión de preguntar) nadie se ha atrevido a decantarse sobre si una menor edad penal supondría algo beneficioso o perjudicial para nuestra sociedad.

Sea como fuere, no parece que esté actualmente en la mente del legislador ni encima de su mesa el plantearse tal posibilidad; es difícil ponerle el cascabel a un gato asilvestrado y nadie parece atreverse a ello.

Sin embargo, más allá de que exista esta notable diferencia sustantiva entre la legislación de menores británica y la española, lo que es cierto es que, tal y como se nos muestra en la serie, el amable trato personal dispensado por las fuerzas de seguridad a los menores de edad se asemeja a lo se vive en nuestro país, por mucho que los actos cometidos por éstos, como es el caso de «Adolescencia», hayan sido brutales.

Y de eso precisamente trata el primer episodio, que de forma exhaustiva nos refleja cómo va actuando un periplo de profesionales que, con su lenguaje de adultos mínimamente comprensible, tratan de explicarle a un menor de edad lo que implica estar detenido por hechos tan graves, los derechos a los que se puede acoger y, ya con la asistencia letrada de su abogado de oficio, qué es aquello que debe evitar para no incriminarse precozmente.

En este punto sí que quisiera romper una lanza en favor de los profesionales de la abogacía que actuamos no solo como letrados particulares, sino como letrados del turno de oficio, sobre los que recae cierto estigma de que, al ser gratuitos, como dice el padre del menor, son “malillos”.

Nada más lejos de la realidad; amén de que de gratuitos nada, porque se sufraga el coste de su intervención conforme al erario público y sin perjuicio de que en todas partes cuecen habas, la labor que se desempeña en líneas generales es encomiable en lo profesional.

Y así, al igual que un médico, sea éste de la seguridad social o privado, está condicionado por su juramento hipocrático, que no deja de ser algo sobreentendido, el licenciado en derecho que pretende ejercer como abogado, del turno, particular o de ambas cosas a la vez, expresamente ha de jurar o prometer que desempeñará su labor fielmente:

“Juro (o prometo) acatar la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico, cumpliendo las obligaciones que la abogacía comporta, al servicio de la sociedad y en defensa de los derechos humanos, respetando las normas deontológicas de la profesión”

El que luego se lleve o no cabo dependerá de la persona, del individuo, pero nunca del gremio al que pertenece.

De todas formas, cabe decir que quienes llevamos más de veinticinco años actuando en el orden penal y ya específicamente defendiendo en causas de menores a chavales de la condición social que sean ( en el caso del niño de la serie, ni siquiera tiene antecedentes y no forma parte de una familia disfuncional) a la hora de abordar la dirección de estos asuntos partimos de la premisa/ hándicap de que, al igual que muchos adultos, los menores son muy torpes a la hora de delinquir y casi todos, como es el caso de “Adolescencia”, por mucho que desde el principio nieguen la mayor y falten a la verdad, terminan por derrumbarse ante unas evidencias gráficas como las que exhiben las autoridades policiales.

Del segundo episodio yo destacaría precisamente el final porque el alarde técnico para rodar el plano secuencia elevándose a las alturas para luego aproximarse al desolado padre que deja un ramo de flores en el lugar del crimen, es para levantarse y aplaudir ; la explicación del logrado resultado final resulta obvia: se ha rodado con un dron, lo que no evita una gran dificultad a la hora de conseguirlo.

Sin embargo, durante el desarrollo de este segundo episodio ya se nos van mostrando las claves de la motivación del absurdo crimen, precisamente acudiendo al lugar que en puridad constituye toda escena de los cometidos por muchos adolescentes en su día a día, dentro y fuera de su recinto: el masificado centro educativo, preñado de protocolos que para nada sirven.

Si bien aparecen todos los alumnos uniformados deducimos que se trata de un centro público por las lamentables carencias que nos van mostrando, de forma muy sutil pero suficiente, al tiempo que la cámara sigue al protagonista de la escena: falta de respeto en las aulas a los profesores, riñas de éstos a los alumnos por el uso de los móviles, bullying ejercitado con tamaña desfachatez delante de profesores y alumnos que ni siquiera se frena ante la presencia del padre policía del menor que está siendo acosado, docentes que van y vienen sin consolidar un vínculo educativo, fácil recurso en clase al visionado de vídeos que suplen al material educativo de toda la vida……

Sin embargo, es precisamente el menor acosado quien abre los ojos a su padre policía, que parece estar dando palos de ciego en su investigación, por no haber sabido interpretar correctamente las claves juveniles de la red social Instagram, vehículo de comunicación entre el asesino, su víctima y el asfixiante y hostil entorno del que ambos forman parte.

Como complemento para ilustrar a los espectadores (recurrente truco narrativo de toda ficción filmada) la sargento que lo acompaña, mucho más avezada que el despistado policía, que ni siquiera percibe el bullying contra su hijo pese a tenerlo delante, se lo pone fácil a su compañero al hablar de un término que como tantos se han adoptado desde el mundo anglosajón, dentro de este maremágnum al que nos han arrastrado las redes sociales (que tienen mucho de redes y poco de sociales).

Y así, su compañera insinúa que el chaval puede ser un “incel” que podemos describir como quien, formando parte del núcleo de la población masculina heterosexual, asume un celibato o virginidad permanente, renunciando a cualquier encuentro afectivo-sexual con personas del sexo femenino, al interiorizar como algo no superable la frustración de sentirse rechazado, al tiempo que se genera un odio visceral hacia esas personas con las que, en teoría, nunca podrá relacionarse de forma íntima, un odio que exterioriza y canaliza a través del encuentro en redes sociales con otros que opinan como él.

Sin embargo, pese a que se deja caer tal extremo como posible motivación del menor para cometer tamaña salvajada, es en el episodio tercero de la serie cuando comprobamos que la conducta criminal obedece no ya a una anomalía del sistema heteropatriarcal que conduce a los varones al odio eterno a la mujer, sino a algo propio de quien tiene un desarreglo emocional y personal que apuntan a una psicopatía o sociopatía, afectantes a un determinado porcentaje de la población, no mayoritario, afortunadamente.

Y en ese tercer episodio tendremos además ocasión de empatizar con el personaje de la psicóloga que trata de encajar el rompecabezas de la mente de quien ha cometido un acto que en puridad parece irracional, pero que de inmediato percibe que se trata de alguien necesitado de un severo control de una ira que ha derivado en un homicidio a puñaladas y que, en otra situación y con un fácil recurso a armas de fuego, podría haber desembocado en una indiscriminada matanza en el propio centro educativo.

«Adolescencia» finaliza con un cuarto episodio, en el que volvemos al hogar del niño homicida para comprobar que todo ya es diferente para una familia que intenta pasar página y que comprueba que la sociedad, siempre canalla y rencorosa, ni perdona, ni olvida.

Pero es precisamente en las palabras del padre del menor que se encuentra a solas en la habitación de su hijo, tras conocer que éste finalmente ha decidido asumir su responsabilidad, cuando se invita a la reflexión sobre lo que ha de primar en una educación responsable por parte de un progenitor, máxime cuando sus hijos atraviesan una fase muy delicada como es la de la adolescencia.

Y así, tras pedir perdón, el padre para sí mismo (aunque con guiño al espectador) verbaliza que pudo haberlo hecho mejor, un acto de contrición que quizás sea ya estéril, pero que sirve como modo de alerta o aviso a navegantes que sí estén a tiempo de verlo venir, pese a ese siempre latente riesgo de la propia convicción de que“ mi hijo nunca actuaría así” o “mi hijo me diría la verdad”.

Ciertamente, no tendría mucho sentido la continuación de esta poliédrica serie en una segunda temporada, más allá que el situarnos en la perspectiva del entorno de la víctima, la gran olvidada de «Adolescencia», y que tan solo hemos apreciado a través de la respuesta violenta de su mejor amiga, indudable demostración de que la serie no es tendenciosa como repulsa al varón blanco heterosexual, precisamente porque la brutal violencia a la que recurre, del todo censurable, la ejerce a ojos de todos una chica de raza negra.

En este sentido,mucha ha sido la controversia a raíz de la emisión de esta brillante serie, máxime si tenemos en cuenta que nos encontramos en los primeros meses de la anunciada transición hacia un mundo global que ya ha cambiado desde el abrupto comienzo del segundo mandato de Trump, siempre beligerante con ese fenómeno que constituye el wokismo.

Pero uno, que no es nada sospechoso de secundar estas políticas progresistas, que por estrategia se sirven de las vulnerabilidades de ciertas minorías para dividir a la mayoría, he de insistir en que ni «Adolescencia» es tendenciosa hacia ese wokismo ni pretende adoctrinarnos, manipulándonos sobre lo pernicioso de una masculinidad tóxica que desafía a todas las mujeres.

Formar parte de una recalcitrante machosfera parece detestable, desde luego, pero quizás se olvida de que en buena parte la misma se ha insuflado de gas tóxico por esa insistencia llevada al extremo del delirio de pretender adoctrinar ya desde edades tempranas, generalizando sobre los hombres y las mujeres, para dividirnos y enemistarnos.

Al respecto de esta cuestión el propio Stephen Graham ha querido salir al paso en una reciente entrevista en The Hollywood reporter, en el que desvincula como patrón inspirador de la serie un reciente suceso que ha conmocionado a la opinión pública británica (el apuñalamiento hasta la muerte de tres niñas durante una clase de baile) que además aconteció cuando la serie ya se había rodado y estaba en fase de postproducción:

“Algunas personas han dicho que es ‘ideología woke’, y lo han llevado al extremo, Nunca se trató de raza… Solo pretendía ser una representación de una familia normal que podría vivir en tu calle.
Podrían ser los hijos de tu hermana o, Dios no lo quiera, tus propios hijos. Todo lo que me influenció fue el realismo social.”

Sea como fuere lo más razonable hubiera sido la elección de otro título menos genérico para evitar tanta polémica, que no deja de ser una forma de promoción, pese a que genera evidentes prejuicios de quienes no se acercan a la serie por merca precaución para no consumir un producto televisivo que les puede repeler.

El consejo desde estas líneas para los más escépticos es que se salven esos prejuicios y se vea la serie, por mucho que opine en su contra Elon Musk, que más allá de que hayan sido muy mal interpretados determinados gestos que hace en público, parece que cada vez que abre la boca, publicando en su red social, sube el pan.

Salvados esos prejuicios y sentados tranquilamente delante de la pantalla, seguro que no se arrepentirán; y si son progenitores, menos aún.

Cada cual sabrá sacar sus propias conclusiones.

Porque si no es así, mal vamos y mucho peor iremos.

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