
Amigo lector, fíjese por unos instantes en la imagen que preside esta publicación, extraída de un banco de las miles que proporciona gratuitamente Pixabay.
No pretendo que centre una mayor atención en los peinados masculinos de los chavales, Dios los perdone; como muchos nos ruborizamos al revisar instantáneas tomadas en los años setenta y ochenta del pasado siglo cuando primaba el corte casero al mejor estilo Príncipe Valiente ( nuestras madres hacían lo que podían y ahorraban un dinerillo en peluquería) pienso que cuando pase esta fiebre del pelo brócoli, muchos se arrepentirán de esa ruptura con cualquier estética que daña a la vista, se mire por donde se mire.
En lo que quiero incidir es en ese momento detenido ya en el tiempo en el que un grupo de adolescentes nos muestra un instante de felicidad aderezado por una exhibición de banderas españolas.
Sigamos analizando la imagen: algunos de ellos portan una camiseta futbolera (desconocemos si adquirida en un chino o comprada en la tienda oficial) que ha sido todo un éxito, comercialmente hablando.
Y es que a diferencia de ese imposible peinado de la chavalería, la elástica de la segunda equipación de la selección española, con independencia de su génesis, asociada a la literatura clásica ( hablar de cultura y de fútbol chirría más que marida) es, aunque suene cursi escribirlo, preciosa.
Pues bien, es obvio que si asociamos todos los ingredientes de la foto nos encontramos ante el típico aliento que el aficionado a su selección nacional manifiesta en comunión para una celebración que parece sana y desprovista de otros componentes nefastos rayanos en la violencia.
Cuando escribo estas líneas apenas han transcurrido cinco días desde una fecha que ya está grabada con letras de oro en la memoria colectiva de los españoles, el domingo 19 de julio de 2026.
Estamos hablando del día en el que nuestra selección se coronó en la lejana New Jersey como campeona del Mundial de Fútbol organizado por Estados Unidos, México y Canadá, bordando su segunda estrella en una camiseta que muy pronto se venderá como churros.
Curiosamente, el día anterior, sábado, publicábamos en nuestras redes sociales el anticipo de lo que va a ser uno de nuestros episodios del podcast correspondiente a la sexta temporada, en el que abordaremos el inicio de la Guerra civil Española (julio de 1936-abril de 1939).
Y es que un 18 de julio de hace noventa años España se rompió definitivamente.
Pero volvamos al presente más reciente y al éxito de esta selección que ha unido a muchos que como entonces mantienen diferencias irreconciliables hasta el punto de que curiosamente, solo a través de un seguimiento casi fanático de un deporte como es nuestro fútbol, al menos pueden compartir algo que les funda en un abrazo, y lo digo literalmente, durante un momento de emoción.
Antes tuve ocasión de sacar en la vía pública una fotografía de un edificio cuya fachada llama poderosamente la atención.
Y es que en el segundo piso del edifico actualmente se alojan las sedes locales de dos partidos que se parecen menos que un huevo a una castaña: VOX y PODEMOS.
Les comentaba a mis amigos en algunos mensajes que el compartir zonas comunes en dicha comunidad debe ser tan morrocotudo como asistir a una junta vecinal de ese edificio.
Sin embargo, como decíamos antes, esa cosa más importante de las menos importantes que es el fútbol, a la que se referían bien Arrigo Sacchi, bien Jorge Valdano (siguen existiendo dudas sobre la paternidad de dicha frase) es capaz de obrar milagros, como el que dos personas aparquen sus ideas y compartan un momento de felicidad.
No obstante, conviene no ser ingenuos, la fiebre nacional durará menos que un caramelo a la puerta del colegio, toda vez que en breve comenzará la enésima temporada futbolera y la vuelta a la rutina.
Y así, el seguidismo fanático hacia los respectivos equipos locales implicará que uno (sea niño, adolescente o adulto) se pasee sin pudor con una camiseta de su equipo, algo impensable en el siglo precedente.
Y es que, no nos engañemos: vestir con ropa deportiva muy elegante no parece, si bien no es nada desdeñable el aspecto económico que subyace en todo.
En este sentido ya se vienen encargando los clubs de confeccionar cada temporada un mínimo de tres equipaciones diversas con toda la gama de colores y diseños habidos y por haber, dejando tan lejana ya aquella época en la que una doble equipación se mantenía durante años y paños hasta el obligado cambio de patrocinador.
Sin embargo, amén de que por motivos del día a día, prime lo local por encima de lo nacional, a este despoje de las enseñas rojigualdas contribuye el complejo latente en España que desde hace tiempo obliga a que muchos ciudadanos (los menos combativos y contestatarios) se resistan a manifestar públicamente su patriotismo, no vaya a ser que por llevar una discreta pulserita o gritar «Viva España» te califiquen de fascista o nostálgico de Franco.
Es más, he podido comprobar con cierto desagrado, que a diferencia de lo sucedido en julio de 2010 tras el “Iniestazo”, en todas las localidades que he frecuentado recientemente en mi Asturias (patria querida, pero desprovista de sentimiento nacionalista/ independentista pero preñada del sentimiento de izquierdas) en las ventanas y balcones de los edificios apenas veía expuestas banderas de España.
La explicación de todo ello es obvia y se resume en una frase que está en boca de todos: la polarización.
Una polarización que ha resurgido en España tras el 11 de marzo de 2004 y que se ha acentuado con los casi ocho años que llevamos de un gobierno progresista de coalición que sin ambages ha de calificarse de ultraizquierda.
Una polarización que se mantiene con total virulencia en tanto en cuanto la podredumbre alcanza casi todas las instituciones de un Estado cuyo gobierno nacional, aunque que la mierda le sale por las orejas y el olor a cloaca (nunca mejor dicho) resulta pestilente tras multitud de casos de corrupción, se resiste a convocar elecciones, pese a que el CIS le da una ventaja considerable.
Y una polarización que llevada a los extremos de la violencia callejera ha supuesto que haya peligrado la integridad física de quienes simplemente han celebrado la victoria de la selección española en el País Vasco, precisamente ahora que se cumplían veintinueve años del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco del que hablamos hace algún mes en el podcast.
Y esa polarización alentada por nuestros políticos fue el detonante hace tres veranos para que nuestra selección femenina de futbol no pudiera celebrara como se merece el haber obtenido el campeonato del mundo de fútbol, compartiendo su primera estrella hasta hace escasos días con la masculina; sobre el caso Rubiales ya hemos hablado largo y tendido en el podcast.
Sin ánimo de insistir demasiado con la nefasta política, he de reconocer que afortunadamente me equivoqué al pensar que el triunfo de la selección masculina quedaría empañado por culpa de posibles enfrentamientos de personas que llegaran a las manos tras escucharse el ya reconocible cántico popular insultante para la señora madre de nuestro Presidente del Gobierno.
Afortunadamente todo ha transcurrido con normalidad, pero poco esperaron algunos dirigentes políticos para cargar las tintas con el goleador de la final, Ferrán Torres, que había cometido la osadía de portar una gorra durante la celebración de la victoria cuyo lema es un guiño/coña al de la campaña electoral de Donald Trump: MAKE GREAT SPAIN AGAIN.
Paradojas de la vida, el mismo día en que ese político cacaraqueaba desde su púlpito de impunidad para soltar paridas en contra del jugador valenciano, fue publicado en redes por PACMA (ojo, no hablamos de la ultraderecha, precisamente) que precisamente Ferrán es uno de los más generosos donantes en lo referido al sostenimiento de infraestructuras para la tenencia, manutención y posterior adopción de animales abandonados.
Pero hablemos de fútbol.
Desde luego que conseguir una segunda estrella está al alcance de muy pocos y ya se puede decir que España y su selección nacional masculina de fútbol, ya puede sentarse en la mesa de los mayores.
Y es que lo conseguido por la Roja no es moco de pavo partiendo de la base que solo ocho países han alcanzado la gloria en toda la historia.
Pero dejar atrás a Inglaterra, igualar a Francia o Uruguay y tener a tiro a Argentina o a otras naciones que nos superan en dos campeonatos como Italia o Alemania, con el sueño no tan imposible de aspirar a aproximarse a la pentacampeona Brasil, no está al alcance de cualquiera.
Lo que es evidente es que como se suele decir, algo así no es recordado ni por los más viejos del lugar, siendo un privilegio que ellos no tuvieron el de disfrutar de tantos éxitos como los que se está disfrutando con la selección española durante el presente siglo XXI.
Y es que sin ánimo de ser petulantes, es normal que seamos la envidia del resto en el planeta fútbol: dos campeonatos mundiales y tres Eurocopas; casi nada al aparato.
No es para menos, Algunos recordamos con una nostalgia dolorosa al par que irónica ese sketch de Martes y trece en uno de aquellos gloriosos especiales de Nochevieja.
En el mismo unos cariacontecidos Josema y Millán, acompañados de un grupo de hinchas destrozados anímicamente, recordaban algunos pasajes de tantas y tantas calamitosas eliminaciones en los Mundiales en los que parecía que la Diosa fortuna nunca nos acompañaba.
Pero no hay mal que cien años dure, como se suele decir y tarde o temprano en un país con tantas licencias para la práctica de fútbol, el enorme trabajo realizado desde las categorías inferiores ha dado sus frutos.
Y todo ello pese a los cenizos y agoreros que no daban un duro por esta selección plagada de futbolistas poco mediáticos salvo el caso del azulgrana Lamine Yamal.
En este punto,más allá de lo que luego comentaremos sobre la famosa fotografía con Messi. Merece capítulo aparte referirse a este jugador.
Y es que Yamal ha decepcionado a muchos tras estar lejos de brillar a título individual, como otros lo han hecho y que al igual que el de Mataró partían como estrellas de sus selecciones: Mbappé, Bellingham, Haaland, Kane o Messi.
Sin embargo, para la historia quedará que al igual que su compañero Cubarsí, Lamal ha alcanzado la mayor cota de éxito de ganar un Mundial desde la precocidad de contar con tan solo diecinueve años, lo que, con excepción del francés, no ha acontecido en la carrera del resto de las figuras que en el reciente Mundial han destacado por rivalizar en marcar un mayor número de goles.
De ahí que cobra suma importancia el lema que lucía en el autobús descapotable que llevó a los campeones por las calles de Madrid, un lema con la marca Adidas se ha apuntado un nuevo tanto: Las estrellas brillan juntas.
Y es que en un deporte colectivo como es el fúbol de once jugadores, aunque suene a Perogrullo, por encima de todo está el grupo.
Y en el caso de Lamal bien por la confianza de su seleccionador (que pese a que poco le salía en el campo no le ha sentado en el banquillo por bajo rendimiento como bien pudo hacerlo como ha sucedido con su compañero Pedri) bien por abstraerse de ruido mediático, el chaval ha sabido poner los pies en la tierra.
Por ello con su trabajo en el césped Lamal, lejos de las frivolités y regates imposibles (soy el primero en gritarle a la tele cuando pierde un balón) se ha autoimpuesto una cura de humildad que le va a venir muy bien en el futuro, para beneficio propio, de su equipo y de la selección nacional.
El tiempo dirá si lo gestiona adecuadamente, y se aleja poco a poco de ese ruido mediático que por su imagen le ha hecho conectar con los adolescentes con quienes comparte edad.
Pensar que pueda llegar al nivel de Pelé, Maradona o Messi ya son palabras mayores, pero mientras tanto, que por favor los necios nos dejen disfrutar de un jugador de nuestro país a quien, si las lesiones lo respetan, le queda aún una longeva carrera para dar muchas alegrías.
Sin embargo, por encima de todos, ha que hablar de un imperial Rodri, cuyo Balón de oro de hace un par de años fue muy criticado.
Y es que entonces escocía que no se lo hubieran concedido a la estrella del equipo de sus amores, lo que ya tiene guasa, si hablamos de que lo suyo hubiera sido apoyar a un español cuya modestia emana por todos sus poros y no a un foráneo más pendiente de la grada y afición rival, de sus redes sociales y de sus récords personales.
Pero quien nos dio la gloria, por segunda vez, fue un actor secundario, Ferrán Torres, ciertamente vilipendiado como lo fue Morata por algo que le genera una enorme ansiedad a todo goleador:la falta de puntería.
Y estaba siendo vilipendiado no solo por sus haters en las redes sociales, sino por buena parte de la prensa que luego lo aclamaría tras reventar la red con su chut cuando la segunda parte de la prórroga agonizaba y nos condenaba a unos penaltis que todos repudiábamos al tiempo que en nuestro fuero interno ya visualizábamos a Messi levantando el trofeo en lo que hubiera sido una de las mayores injusticias deportivas de la historia.
No obstante, la justicia poética sobre nuestro goleador se acrecienta todavía más al conocerse que al igual que lo sucedido por Iniesta durante un periodo de su carrera, Ferrán había sufrido un proceso depresivo que casi le obliga a dejar la práctica del fútbol.
Pero volviendo al resultado, a Dios gracias, como decimos se hizo justicia y la suerte de los campeones de la que siempre se habla nos sonrió mientras que le daba la espalda a unos jugadores argentinos que llegaron casi de casualidad a la final y que en la misma gracias a un permisivo arbitro se dedicaron a llevar el juego más allá límite del reglamento con entradas muy duras y constantes provocaciones.
Y es que tal y como había sucedido con los rivales precedentes, España con un dominio insultante de la pelota, anuló cualquier posibilidad al equipo argentino cuyos jugadores fueron incapaces de conectar con un desdibujado Messi, que con casi cuarenta años había sido el principal impulsor de que la albiceleste llegara a la final.
Pero lo peor vino después, visto que tras sucumbir al final del tiempo reglamentario, los argentinos capitaneados por Messi no solo fueron del todo irrespetuosos con el éxito ajeno durante la entrega de la copa a España, sino que previamente y una vez que el arbitro pitó el final, se comportaron como unos auténticos macarras dando una pésima imagen y cero valores como enseñanza para los más pequeños.
Hablando ya del campeón por encima del rendimiento extraordinario de los jugadores ( a los efectos estadísticos que enamoran a los los friquis del fútbol se superaron varios récords en lo referido al número de partidos invictos, número de pases de balón, menos goles en contra, etc) recurriendo a esta frase actual tan manida, hay que poner en valor el trabajo extraordinario del seleccionador Luis de la Fuente.
Siempre se ha dicho que en España hay más de 30 millones de seleccionadores y cuando parecía que este año no iba a ser una excepción, pese a las críticas iniciales, con todas las decisiones que ha adoptado De la Fuente no ha hecho otra cosa que callar bocas.
Al respecto se puede decir que el seleccionador ha roto moldes en lo que se refiere a la plasmación de un fuerte carácter y de una convicción para creer en quienes en su opinión debían formar parte de la lista inicial de convocados.
Y lo decimos porque De la Fuente tuvo la osadía de materializar algo inédito en la historia de la selección española: no convocar a ningún jugador del Real Madrid, confiando ciegamente en un plantel de jugadores, algunos de los cuales han tenido unas pésimas temporadas en sus equipos, o bien llegaban lesionados, o bien en baja forma.
En este punto el ejemplo más evidente es el del ya mencionado Rodri, que a la postre sería elegido mejor jugador del Mundial, tras un recital que mejoraba con el transcurso de los partidos y que fue convocado cuando seguía renqueante tras superar una gravísima lesión que apenas le había permitido jugar con solvencia en su club durante la temporada, pese a que entrenador Pep Guardiola (a quien con independencia de su estulticia e ideología política el fútbol español le debe mucho tras su brillante paso como entrenador por el Barcelona) había sido el primero en apostar por Rodri de cara a una participación exitosa en el campeonato como así ha sido.
Mucho se habla de que ahora es pretendido por un Real Madrid, receloso ante la posible recaída de un jugador que ya cuenta con treinta años y un historial de lesiones, pero yo si fuera Florentino Pérez, tras haberse marcado un gran tanto con Cucurella, ni me lo pensaba.
Y es que rememorando ahora a Sabina, pongamos que hablo del Madrid.
Durante esas fechas prevacacionales en las que los profesionales de la abogacía acabamos de presentar las trimestrales de IRPF e IVA puede dar pereza pensar en pasar nuevas facturas, pero en estas líneas no pienso desaprovechar la ocasión.
Y es que no han sido pocos, ni mucho menos, quienes desde el minuto uno desearon abiertamente que España quedara eliminada del Mundial por el sencillo hecho, no confesado, de que el seleccionador no había convocado a ninguno de los suyos, camuflando su deseo con el pretexto de que entre los seleccionados había jugadores vascos o catalanes que públicamente no habían profesado su amor a la patria o que momentáneamente habían exhibido durante las celebraciones de las victorias de sus equipos banderas independentistas o de Palestina, cogidas al vuelo tras ser lanzadas desde la calle por alguno de sus seguidores.
Pues bien, sobre está cuestión podría discutirse y mucho, toda vez que no representa novedad alguna si echamos la vista atrás y no me estoy refiriendo al odiado Piqué, precisamente, sino porque muchos crecimos con lo de que a uno de los más queridos arqueros, el mítico portero vasco Luis Miguel Arconada, se le reprochaba que se bajara las medias para cubrir la bandera española.
Pues bien, entiendo lícito pasar ahora esas facturas a quienes por esta cuestión de la política o por el hecho de que el seleccionador no hubiera convocado a ningún jugador del Real Madrid confiaban en que España fracasara en el Mundial y sin ningún tipo de rubor se mostraban en contra de la selección española, cuando por otro lado reivindican desde su posicionamiento político la españolidad como argumento de base o la prioridad nacional como modelo a seguir.
Pero lo que es peor, pese a los iniciales éxitos del equipo nacional, el que representa los colores de su país, al darse los cruces de las siguientes fases, con puntuales enfrentamientos contra selecciones rivales que contaban con jugadores que eran o han sido del Real Madrid (véase el Cristiano Ronaldo, véase Mbappé, véase, en caso de haber llegado a la final contra España, Jude Bellingham) manifestaban que no sentirían ninguna lástima tras perder ante los portugueses, franceses o ingleses, según los casos.
Buena defensa de la patria es esa, sí señor; en otros lares no darían crédito ante tales sentimientos.
Y es que aunque hablar de ello ya no sirve de nada, me apostaría una cena en un restaurante de alto copete que su sentimiento hubiera sido otro en caso de que Huijsen, Carreras o Asencio hubieran sido convocados.
Así todo, y más allá de que los españoles que existen en la plantilla del equipo blanco representaban un porcentaje ínfimo en comparación con el resto de jugadores extranjeros, el seleccionador tampoco tiene la culpa de que nuestros nacionales del Real Madrid no hayan rendido a un nivel razonable, siendo en algunos casos, silbados desde la grada del Bernabeu.
Afortunadamente, todo ha salido bien, incluso para quienes, ni siquiera a las alturas de la final deseaban que ganara España sino que deseaban que perdiera Argentina, porque en Argentina jugaba Messi.
Y todo ello por haberles amargado el 10 tantas y tantas ligas en la competición doméstica y haber dado tantas y tantas tardes de gloria a quienes cometemos el grave pecado de no ser del Real Madrid y gustarnos el fútbol.
Desde luego que he de suponer un disfrute sádico del madridista al poder contemplar el desgarro y los lloros de un Messi que ni siquiera durante el partido llegó al trote cochinero del que hablaba el mítico José María García al referirse algún arbitro.
Y es que aquí lo suyo sería hablar de la torpeza o más bien cobardía de su tocayo, el seleccionador Lionel Scaloni ( el menos argentino de los argentinos y de quien rara vez se va a poder hablar negativamente).
Lo decimos porque al igual que el español Robert Martínez con Portugal, Scaloni no se atrevió a sentar a su estrella, cuando su equipo ya contaba con uno menos, pese a que Messi que con sus goles y asistencias había mantenido encendida la llama de la esperanza, no aportaba lo más mínimo.
En suma, que hay que darle las gracias a la temeridad de dejar a su equipo con nueve y medio en cuanto a número de jugadores frente a la superioridad del rival y empuje de la ambición española.
Sin embargo, amén de lo deportivo, no sería justo que no le dejáramos un merecido doble recado a un Messi, desconocido para quien esto escribe toda vez que, además de uno de los mejores jugadores de la historia, a diferencia de otras estrellitas del balompié, en nuestra liga había demostrado ser un buen deportista, jamás violento y un compañero respetuoso con los rivales, incluso tras ser cosido a patadas.
Y lo digo porque una estrella como ha sido él, ídolo de tantos niños y no tan niños, no puede permitirse dar una imagen tan pésima tratando de confundir al arbitro del modo más infantil, como tampoco puede permitirse el dejar de tirar de las orejas a sus compañeros para obligarlos a girarse y aplaudir a los campeones mientras éstos levantan la copa, como así lo habían hecho los galos en la última final que ganó la albiceleste en el Mundial de Qatar.
Mucho me temo, y espero equivocarme, que el flamante ganador del Premio Princesa de Asturias y quien más balones de oro posee, en los próximos meses va a sufrir una brutal campaña de odio a la que probablemente sucumbirá no acudiendo a Oviedo para recoger su merecido galardón a finales del próximo mes de octubre.
Y es que para lo que para mí ( más que como barcelonista como defensor del juego limpio supone) un borrón lamentable en un expediente inmaculado, para muchos madridistas, sin duda obcecados, resentidos y envidiosos, supondrá una reivindicación para un fusilamiento al amanecer.
Pero siguiendo con la albiceleste, es muy curioso haber descubierto a través de las reacciones que se han dado por doquier tras el éxito español que la argentinofobia se ha globalizado.
Ciertamente, si hablamos de lo meramente futbolístico, tal reacción parece comprensible, por las malas artes del combinado albiceleste frente al único equipo que quiso jugar al fútbol y cuyos jugadores siguieron a rajatabla las directrices que el seleccionador les impuso en la parte anímica para mostrarse como témpanos ante las provocaciones y agresiones argentinas, lo cual no es nada sencillo, cuando las pulsaciones van a mil por hora.
Sin embargo, ese odio a lo argentino ha arreciado por motivos que van más allá de lo deportivo.
En este punto es de sobra conocido que muchos de sus nacionales con una evidente prepotencia y cierta xenofobia pese a donde les ha tocado nacer por ubicación geográfica se jactan de sentirse alejados de lo latinoamericano y próximos a lo europeo.
Y quizás ese narcisismo del argentino sea la explicación de su posterior mal perder de los jugadores que luego se haría extensivo a sus periodistas e influencers quienes, lejos de felicitar al campeón y reconocer su superioridad, al tiempo de cancelar a muchos artistas internacionales que tuvieron la osadía no ya de apoyar, sino de felicitar a Esapaña, han alentado teorías de la conspiración que sonrojan al más osado que van desde lo delincuencial hasta lo esotérico y que se vieron del todo desmontadas por un juego apabullante que los borró del terreno de juego.
Y es que evidentemente esas teorías se caen por su propio peso si además tenemos en cuenta que a España el arbitro le birló la oportunidad de cerrar el marcador con un resultado más abultado, tras anular dos goles.
En este punto, podría discutirse uno de ellos, el segundo de Ferrán Torres, por la dichosa tecnología VAR de la que cualquiera se puede fiar ya, pero que no subiera al marcador el de Nico Williams no tiene perdón de Dios, y hubiera sido un escándalo mundial en caso de que España no ganara la final.
Sin embargo si hablamos de esoterismo, de cabalística o de circunstancias “rarunas”, no podemos dejar de recordar que incluso antes del inicio del campeonato algunos ya venían profetizando sobre una victoria de España, dada la multitud de coincidencias o paralelismos con el anterior Mundial tras el que resulto campeona.
Hablamos de que tanto en aquella ocasión como en ésta el Mundial arrancaba en su partido inaugural con un México-Sudáfrica y que Shakira al igual que lo hizo para Sudafrica en 2010, volvía a ser la cantante que interpretaría el tema principal de el Mundial.
Hablamos de que España en ambas ocasiones, venía con la vitola de ser campeona de Europa, había sido encuadrada en el Grupo H y se enfrentaba a dos selecciones entrenadas por Marcelo Bielsa.
Hablamos de que el Real Madrid, al igual que en 2010, tras una temporada sin títulos fichaba a Mourinho y que el Atlético de Madrid había sido subcampeón de la Copa del Rey.
Hablamos de que para más INRI al igual que en el Mundial de Sudáfrica, tras tropezar sin victoria en su primer partido, una vez superada la fase inicial España se enfrentaría a la Portugal de Cristiano Ronaldo en Octavos de final.
Y siguiendo con cristianos, hablamos de que a todo ello hay que añadirle que hasta la reciente visita del Papa León XIV la anterior había sido la del Papa Benedicto XVI, ¿En qué año? En 2010.
Pero sigamos rizando el rizo; antes de la final, circuló en redes sociales un vídeo de una chica que había encontrado en Estados Unidos un libro para niños con un comic en el que si bien se erraba en cuanto al marcador de la gran final ( 2-1) se acertaba de pleno con la selección ganadora, España y con el número de la camiseta del goleador del tanto decisivo, esto es, el número 7, el de nuestro Ferrán Torres.
No obstante todo lo anterior, que no es poco, es la foto profética en la que un jovencísimo Messi, con ocasión de una campaña de Unicef, baña a un bebé que no es otro que Lamine Yamal, la que acapararía la máxima atención mediática, que no es para menos.
En fin, que como decimos, estaba escrito que iba a ganar España dado que teníamos a todos los astros, dioses y energías positivas a nuestro favor.
Dicho lo cual, aún quedan dos situaciones pendientes de materializarse al igual que sucedió a raíz de la obtención de la primera estrella en 2010.
La primera, que esperemos que no acontezca, que los enfrentamientos entre el Real Madrid y Barcelona acabaron como el rosario de la aurora, dividiendo el seno de la selección que lideraban Casillas, Ramos, Piqué y Xavi.
Y la segunda, que muchos españoles ansiamos, es que al año siguiente el Partido Socialista perdió las elecciones generales y hubo un giro a la derecha tras la debacle del Gobierno del ahora investigado Zapatero.
Por cierto, y al hilo de estas dos cuestiones; son muchas las recreaciones de inteligencia artificial que hemos visto durante estas semanas, algunas mejores que otras.
Pero sin duda la que se ha ganado la palma es la parodia del tramo final de la película de Marvel «End game» que quien esto escribe ha visto ya decenas de veces no solo por su calidad sino por su ingenio.
En la misma aparecen unos desolados Casillas, Ramos y Xavi que ven en el estadio como España está a punto de ser derrotada en la final tras haber marcado Messi dos goles y haber sido expulsados nada menos que cuatro jugadores de la selección.
Y es que la explicación la tenemos en la siguiente escena en la que vemos como Trump, Milei y Netanyahu entregan maletines a Infantino, Presidente de la FIFA.
Sin embargo, todo cambia cuando Ramos recibe una llamada y es advertido para que mire a su izquierda.
A partir de ahí empiezan a llegar teletransportados por obra y gracia de los poderes de Doctor Strange una serie de personajes, con apariciones que van superando al anterior por la coña marinera que representan: Zapatero, Rubiales, Koldo y Abalos, el singular padre de Lamine Yamal, el rey Emérito, Pedro Sánchez (con estupefacción de Javier Bardem y Penélope Cruz).
Y para rematarlo, con unos ya extasiados Casillas, Ramos y Xavi, aparece Joan Laporta que le entrega a Infantino otro maletín cuyo interior entendemos que supera en cuanto a la cuantía monetaria a la de unos sorprendidos Trump, Milei y Netanyahu.
Al final, todo sale bien, y como reza el título de la parodia, «Por lo civil o por lo criminal» España remonta el partido con tres goles de un jugador que se ha posicionado abiertamente en favor de la causa progresista y que ciertamente no ha rascado bola en el Mundial quedando para la historia como DJ de las celebraciones: Borja Iglesias.
Maravilloso.
Para concluir volvamos a la foto que preside esta publicación, la de los chavales.
Al margen del momento del pitido final del España- Argentina de hace unos días, no hay nada que me ha emocionado más que escuchar a chavales de la edad de quienes salen en esa imagen cantando “Un beso y una flor”.
Y es que amén de un tema que ya no puedo quitarme de la cabeza, el “Super estrella” de Aitana, la maravillosa canción de Nino Bravo ya puede considerarse el himno no oficial para nuestros aficionados.
Por eso y con independencia de que es maravilloso que las nuevas generaciones tan denostadas en muchos aspectos han sabido apreciar para de una cultura musical de la que hemos de sentirnos orgullosos, en mi caso es inevitable retrotraerme hasta un tiempo en el que en la guantera del vehículo de mis padres (por descontado sin aire acondicionado) se encontraba la cassette del malogrado cantante valenciano que en la cima del éxito perdió la vida en una maldita carretera antes de llegar a los treinta años.
En vísperas de la final decía el periodista apodado Maldini que de cara al partido nos aseguráramos el poder compartir ese momento de la retransmisión televisiva con nuestros seres queridos más mayores, que un futuro cercano podrían ya no estar con nosotros.
Cierto es que si hablamos de televisión, más que disfrutar hemos tenido que sufrir las retransmisiones, no solo por el lamentable locutor Juan Carlos Rivero en el caso de Televisión Española (la más sectaria que se recuerda en democracia), sino porque la señal llegaba a los aparatos de maneras diferentes según los casos.
Sin embargo, no le faltaba razón a Maldini; en mi caso que he podido disfrutar ambas finales con muchos de mis seres queridos, he echado en falta a otros, como es el caso de mi padre, que desgraciadamente falleció un mes antes de que España en 2008 iniciará una gloriosa andadura que nos ha llevado a ser lo que somos hoy, futbolísticamente hablando, más allá de los triunfos europeos, en mayor medida del Real Madrid, y en menor del Barcelona o el Sevilla.
Una pena sin duda que mi añorado padre no haya podido disfrutarlo conmigo o con mi mujer e hijo.
Nunca olvidaré cuando en 1984 fuera de sí, para mi sorpresa de adolescente, mi «jefe» se tiró literalmente al suelo imitando el cabezazo de Maceda que nos dio en el minuto noventa el pase a semifinales frente a Alemania.
Hablamos de aquella Eurocopa que luego perderíamos frente a la Francia de Platini en una final en la que un garrafal fallo de Arconada facilitó el triunfo galo.
Sin duda hoy día alguno tardaría muy poco en decir que el mítico portero, por su condición de vasco, se habría dejado encajar el gol.
Si bien es cierto que en aquella ocasión no nos funcionó aquel lema popular del “No pasa nada, tenemos a Arconada” no podíamos imaginar ni en nuestros mejores sueños que lo mejor estaba por llegar, pese a que muchos resentidos y rabiosos, cual Grinch o Pitufo gruñón no quieran disfrutarlo.
Peor para ellos.
