UNA LIBERTAD NADA DURADERA.

¿Dónde te encontrabas y qué hacías el 11 S?

Esta es la pregunta recurrente que nos hacemos cada aniversario de los atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono, y que cobra especial relevancia en estos días en el que se cumple el vigésimo aniversario de aquella fatídica fecha.

Cierto es que da vértigo pensar en lo rápido que pasa el tiempo, pero en el concreto supuesto no cabe duda que tamaño evento ha permanecido inalterable en nuestro recuerdo desde entonces, como quizás no lo ha hecho ninguno otro, más allá de las experiencias vitales de cada uno, que nos han podido marcar tanto en el plano positivo como el negativo.

Fue aquello, una bofetada a mano abierta en el rostro de todos nosotros, que contemplábamos anonadados como la historia había dado tal vuelco, en cuanto carga de profundidad en el denominado nuevo orden mundial, cuyas consecuencias inmediatas fueron un acto de venganza del Tío Sam, bajo el eufemismo del lema “Libertad duradera” ante la tropelía sucedida en territorio norteamericano, una desfachatez que tan solo medio siglo antes había osado a perpetrar el ejército nipón con el ataque de Pearl Harbor.

Y unas consecuencias que han tenido como penúltimo capítulo la reconquista talibán del territorio afgano, en lo que ya constituye una tragedia humanitaria de pronóstico tan inquietante como incierto, tanto para los que han debido abandonar el país, como para los que quedarán allí.

Uno llega a sentir escalofríos al recordar que cinco años antes del ataque del 11 de septiembre de 2001, había visitado el World Trade Center y como tantos turistas de la ciudad que nunca duerme, había ascendido a una de las dos torres gemelas, teniendo incluso la oportunidad de registrar con una videocámara como un avión de pasajeros la sobrevolaba en el momento de la visita, una escena que de cuando en cuando tiendo a revisar.

Pero aún espeluzna rememorar el pasaje de lo sucedido aquel día en el que perecieron asesinadas más de tres mil personas, cuando, como televidentes fuimos testigos de la crónica en directo a una hora de máxima audiencia, llegando incluso a presenciar el segundo de los impactos, el progresivo incendio de los estilizados edificios, a desesperadas personas se arrojaban al vacío, el fatal derrumbe de la torres y escuchar con el corazón en un puño todos los desgarradores mensajes telefónicos que las víctimas dejaban en el contestador de sus familiares, antes del fatal desenlace de sus vidas.

En este sentido, es fácil encontrar en youtube aquellas primeras horas trágicas, narradas por Matías Prats en el informativos de Antena 3, al que sumaron Ernesto Sáenz de Buruaga y luego Jesús Hermida, todos ellos periodistas de excepción que dieron un ejemplo de templanza a la hora de comunicar, máxime cuando uno de los participes a través de la línea telefónica llegó a sobresaltarnos a todos al alertar sobre el inicio de una tercera guerra mundial.

Mucho se ha venido hablando de la discutida versión oficial de los hechos, frente al hermetismo del gobierno norteamericano y han surgido infinidad voces discrepantes, avaladas por expertos y testigos que llegan a calificar lo sucedido en Nueva York y el Pentágono, tanto por lo contado por lo ocultado, como uno de los episodios más siniestros de la historia de la humanidad, para descrédito de la administración norteamericana de George W.Bush, en nada reparado por las posteriores de Obama o Trump.

Biden tampoco ha empezado con buen pié, que digamos, si bien ha insistido en los últimos días en su mandato de que por parte del F.B.I se desclasifiquen muchos de los archivos que supuestamente pueden vincular los atentados con Arabia Saudí.

Al respecto, son muchos los puntos negros sobre lo sucedido aquel soleado día en el corazón de Nueva York, cuando el sorprendente tino de las terroristas sirvió para cumplir con su objetivo de derribar las dos torres en tan poco espacio de tiempo, algo que veinte años después, sigue pareciendo inaudito o cuando menos, fruto de la casualidad más remota, visto su aprendizaje con meros simuladores de vuelo y que parece sorprendente que con el incendio generado por la combustión del fuel de los aparatos se hubiera fundido el acero de la estructura hasta el punto de propiciar un derrumbe en caída libre en solo unos segundos.

En este sentido, todos recordamos el incendio de la torre Windsdor de Madrid , que ardió durante horas y cuyo destino fue un posterior derribo, eso sí forzado.

Precisamente, estos días se habla mucho del estreno de un documental del siempre inquieto director Spike Lee, toda vez que se ha visto obligado a editar el resultado final en el que, se insiste como hipótesis que el colapso de las torres gemelas pudo deberse a una denotación controlada y en ningún caso al incendio provocado tras el impacto de los dos aviones en sendas moles, cuyos promotores precisamente se habían vanagloriado de la solidez de sus estructuras en el momento de su inauguración.

Sospechas de detonación que también se han predicado respecto de la causa del derribo de la torre número siete del World Trade Center, que albergaba varias oficinas del F.B.I y que se vino abajo en caída libre y en pocos segundos, varias horas después de los atentados.

Al respecto de lo sucedido en la gran manzana, ha venido insinuándose, como sospechosa, la contratación reciente de una póliza de seguros por parte del arrendatario de los edificios, Larry Silverstein, en la que se estipulaba una indemnización de tres mil quinientos millones de dólares en caso de atentado terrorista al World Trade Center.

Pero además, muy pronto se filtraría que la consumación de un atentado por parte del Al Qaeda como el acontecido, a tan gran escala, ya se barajaba desde hacía meses como hecho más que probable por parte del servicio de inteligencia de muchos países, incluido , claro está, el norteamericano e incluso varias bases militares de la OTAN, incluida la de Rota, en España, sorpresivamente se encontraban en estado de máxima alerta antes de los secuestros aéreos.

También ha generado ríos de tinta el misterioso destino de los otros dos aviones rumbo a Washington.

Uno de los ellos supuestamente se dirigía al Capitolio pero fue estrellado tras el valeroso acto de sus pasajeros, si bien otras fuentes parecen apuntar a que fue derribado por un caza.

El otro avión impactó en un muro del Pentágono, tras volar a gran velocidad a escaso nivel del suelo, dejando evidencias de un estallido, más propias del provocado por un misil que por un avión de considerables proporciones.

Como guinda surrealista del pastel, pese a la deflagración de los aviones, casualmente aparecieron pasaportes sin mácula alguna, de los principales autores materiales y muchos de los terroristas que supuestamente fueron dados por muertos tras su infame acto, aparecieron con vida tras ser publicados su nombre.

Por si esto fuera poco, no tardaría en destacarse el innegable vinculo de negocios del petróleo y de la industria armamentística entre la familia Bin Landen y George Bush, padre y que precisamente había sido Osama Bin Laden el más íntimo colaborador con la CIA durante el conflicto de la URSS con Afganistan.

Un Osama Bin Laden que si bien ya figuraba entre los terroristas más buscados, tras haber declarado la guerra santa a Occidente, después de la primera guerra del Golfo, ahora se convertía en el único objetivo, escurridizo eso sí, hasta que fue cazado diez años después.

Porque aquello, constituyó una caza en toda regla, bajo el mandato de un Obama, que luego recibiría el Premio Nobel de la Paz.

Sin ser juzgado por tribunal alguno hasta que fue descubierto viviendo en condiciones de extrema pobreza en compañía de sus mujeres e hijos , Bin Laden fue abatido, por un comando de Navy Seals, que se introdujo en territorio paquistaní saltándose todas las normas internacionales.

En suma, el despropósito de dos mandatos republicanos alternados con otros dos demócratas, que partieron de la indolencia de la Presidencia de George W. Bush siempre bajo sospecha tras haber ganado las elecciones de un modo más que discutible y que, lejos de ser transparente, se dedicó a vapulear y censurar a cuantos se mostraron recelosos, intranquilizando a una ciudadanía ya de por sí atemorizada por el devenir de los acontecimientos, cuando no sedienta de venganza, indignada al contemplar como en algunos países árabes se quemaba sus banderas y se celebraba, como una victoria, lo sucedido aquel fatídico día.

Por ello, no es fruto de la casualidad el dato de las encuestas, con un setenta por ciento partidario de la intervención en Afganistán.

El envío de los sobres con polvos de ántrax, inicialmente atribuido al terrorismo islámico, pero cuya autoría apuntó finalmente a ciudadanos extremistas norteamericanos, no hizo más que suponer el empujón definitivo para el contraataque.

Llegados a este punto, cabe hacerse la pregunta del millón, tan habitual cuando se relaciona con episodios previos a la consumación de la hegemonía norteamericana, como lo fueron el hundimiento del Maine, el referido ataque a Pearl Harbor, o el atentado a los dos hermanos Kennedy.

Cui prodest? ¿A quién benefició lo sucedido?

Es difícil saberlo, y recurrente, el especular, pero para el propio Osama Bin Laden y su enfermiza causa es evidente que no, ya que no hizo más que sentenciar a su grupo Al Qaeda y a muchos que sufrirían la que ya se suponía una desmesurada respuesta por parte de Estados Unidos.

Como consecuencia de aquellos actos, infinidad de personas han resultado perjudicadas, porque aparte del luctuoso balance de vidas humanas que perecieron aquel día, tanto en las torres gemelas (incluidos medio centenar de policías y bomberos que acudieron en auxilio) como en el edificio del Pentágono, así como en los otros dos vuelos, los episodios del 11 S supusieron una inmediata restricción de los derechos individuales de los residentes en Estados Unidos totalmente desproporcionada, incluida una masiva detención y severos interrogatorios cuando no encarcelamiento injustificado de quienes eran considerados sospechosos, un férreo control de las comunicaciones personales propias del Gran Hermano, amén de un cambio en nuestro uso cotidiano a la hora de coger un avión comercial, al que nos hemos visto obligados a acostumbrarnos.

Pero lo que es peor, a la instauración de un creciente sentimiento de odio hacia el Islam, poniendo entre ceja y ceja al denominado Eje del mal, como etéreo enemigo a batir, a medio de una abusiva intervención militar, con la pérdida de miles de vidas humanas, tanto de soldados en ambos bandos, como de civiles,amén de millones de dolares en pérdidas y de dejar a sus poblaciones a la suerte de endebles gobiernos

Y así, fueron invadidos tanto Afganistán en 2001 como Irak en 2003,dos auténticos avisperos, precedida en este segundo caso, de una obscena puesta en escena con el encuentro de las islas Azores, en las que un henchido de narcisismo Aznar, se fotografiaba complacido con su amigo Bush y Tony Blair, y de la infame comparecencia de Colin Powell en la sede de Naciones Unidos para convencernos sin pruebas de que el sátrapa Sadam Hussein tenía armas de destrucción masiva apuntando a nuestros hogares.

Pero además, como antes lo habían hecho el régimen de los dos mayores criminales del pasado siglo, Hitler y Stalin, se legitimaron practicas de interrogatorio con torturas a sospechosos, muchos de los cuales no han sido procesados, y cuya crudeza aumentaba, según eran respondidos como nuevas degollaciones de militares y periodistas occidentales; en este sentido, la prisión de Guantánamo en Cuba y la de Abu Ghraib en Irak han venido siendo dos escenarios del horror más absoluto que quedarán para historia y para la vergüenza de la que se dice sociedad tan demócrata y defensora de la libertad.

Y es que Estados Unidos,como la gran mayoría de las naciones del mundo han ratificado la Convención contra la tortura que deja meridianamente establecido que en ningún caso podrán invocarse circunstancias excepcionales tales como estado de guerra o amenaza de guerra, inestabilidad política interna o cualquier otra emergencia pública como justificación de la tortura.

Por ello,lejos de apagar el fuego del odio por parte del integrismo musulmán,se ha echado gasolina encima,o mejor dicho,petróleo.

Cierto es que a posteriori para los grupos terroristas un plan tan elaborado como el del 11 de septiembre para atacar a Occidente ha resultado casi imposible,con la excepción del terrible atentado de Londrés en 2005 y los aún más espantosos de Madrid en 2004 y París en 2015.

Pero la llama sigue viva desgraciadamente y son los denominados lobos solitarios los que se encargan de recordarnos de cuando en cuando,que cualquier día podemos resultar acuchillados o saltar por los aires como consecuencia del acto de un chiflado adoctrinado hasta el punto de querer suicidarse para asesinar a los infieles.

Por ello de aquellos barros del 11 S, vienen estos lodos, donde apenas se han enfangado muchas de las personas responsables, por acción u omisión y que con su impericia o temeridad, han contribuido a que impere el radicalismo y odio al diferente, se acentué el terrorismo islámico como un riesgo más que notable para cualquier ciudadano del mundo, y han propiciado que se materialicen tropelías militares que han vulnerado la soberanía de muchos países, al tiempo de socavar los derechos humanos de sus nacionales.

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