PICADURAS Y PINCHAZOS.



Es evidente que muchos están empeñados en que el resto no podamos disfrutar de una cotidianeidad sin sobresaltos.

Y es que salvo que estemos alejados del mundanal ruido de las redes sociales y de los medios de comunicación (tanto monta, monta tanto) vivimos en un permanente desasosiego, sin que ni siquiera durante el obligado, por necesario, periodo de descanso y desconexión estival (ya sea éste real o digital) seamos ajenos a multitud de circunstancias que no podamos controlar, y que tienden a ser exageradas, generando un efecto contagio que no tiene nada que ver con los virus reales, de infausto recuerdo reciente.

Abandonábamos el mes de julio con la espada de Damocles de la emergencia climática al hilo de los incendios forestales, que año tras año, arrasan hectáreas en nuestro país, tal y como recientemente hemos comentado en nuestro podcast.

Y sin que todavía se haya apaciguado la cólera de Putin tras la invasión de Ucrania, que augura un otoño e invierno harto complicados para nuestra economía, ahora nos encontramos con que para más INRI, la crisis de Taiwán pueda abocar a un pulso, de consecuencias imprevisibles, entre el que ya apuntan es un coloso en sus horas bajas, Estados Unidos, y la nación que dicen, liderará gran parte del presente siglo XXI, China.

Pues bien, sin que podamos despojarnos de las inquietudes que están marcando nuestro devenir en el plano internacional, ahora resulta que en España se ha activado la alarma social sobre un fenómeno del que ya escribimos profusamente en nuestra web, la sumisión química.

https://teacusodeacoso.com/sumision-quimica-cuando-la-victima-pierde-el-control-de-su-voluntad/

Casualmente, hace poco teníamos ocasión de difundir en nuestras redes sociales una iniciativa comercial de una madre, ciertamente sensibilizada y preocupada, que promocionaba la venta de cubiertas para las bebidas que se sirven en los establecimientos públicos o en incluso en fiestas privadas.

Y todo ello en aras de preservar a nuestros jóvenes de posibles mezclas indeseadas en sus consumiciones nocturnas que derivarán en una merma total o parcial de su capacidad intelectiva o volitiva para ser víctimas propiciatorias de desalmados y degenerados.

Iniciativas así, sin sensacionalismos baratos, nos parecen perfectas.

Lo decimos porque prevenir siempre es mejor que curar, máxime en algo tan preciado como lo relativo a la sexualidad y patrimonio de cada uno y cada cual es dueño de su tiempo libre para decidir libremente con quien quiere pasar sus horas de juerga nocturna.

Y si entiende que no ha de desprenderse de su copa en todo momento o incluso servirse de estas tapas para evitar que otros puedan verter una sustancia, bienvenido sea.

Pero cuestión distinta es que se fomente el pánico entre los progenitores que permiten que sus hijos adolescentes disfruten de sus vacaciones en espacios en los que lo que abunda el excesivo consumo de alcohol (algo que ellos mismos han vivido en su juventud) y donde la presencia de la ingesta de drogas constituye un riesgo añadido para la salud o integridad física de los menores.

Ingesta de drogas que puede ser deseada, como siempre ha acontecido o indeseada, como sucede en esos supuestos de la sumisión química que hemos referido en nuestra publicación.

Pues bien, es ahora en verano precisamente cuando se multiplican los encuentros multitudinarios de jóvenes en las fiestas locales o en certámenes musicales que congregan a miles de asistentes, y cuando se es incluso más permisivo por parte de los padres para establecer un límite de la edad para poder salir de noche y llegar más tarde a casa.

Y desde hace varias semanas muchos de esos padres tienen el miedo en el cuerpo, visto que los medios de comunicación y redes sociales (volvemos a insistir, tanto monta, monta tanto) se hacen eco diariamente de denuncias de muchachas víctimas de supuestos pinchazos para inocular sustancias que, de forma instantánea, las anulen total o parcialmente para poder robarlas, o lo que es peor, abusar sexualmente de ellas.

Siempre hemos manifestado que la prudencia es imprescindible cuando hablamos de la comisión de delitos que requieren de una ardua investigación policial, previa a la instrucción de unas diligencias previas que pueden o no derivar en una continuación de un procedimiento penal que a su vez podrá concluir en una sentencia, siempre susceptible de recurso.

Dicho de forma más sencilla, antes de adelantarse a los acontecimientos, prima el respeto del derecho a la presunción de inocencia, por mucho que resulte alarmante una situación.

Ciertamente, seríamos unos ilusos si pretendiéramos erradicar los juicios paralelos o penas de banquillo, en buena medida promovidas desde los medios de comunicación, otrora cuarto poder, pero que ahora ha cedido su puesto tras el empuje de las redes sociales.

Y como muestra un botón; recientemente en la localidad asturiana de Candás, que celebraba sus fiestas patronales, en una publicación en sus redes sociales, la cantante Belén Aguilera se hacía eco de que “estaban pinchando a chicas entre el público, que se había ido llorando “tristísima por la impotencia” y que había “que hacer piña y cuidarnos entre nosotras porque sino nadie va a hacerlo”

Con dos bemoles.

No tengo el gusto de conocer a esta artista, lo cierto es que ni me suena ,aunque por motivos obvios estoy bastante “out” del mediocre panorama musical español.

Pero con independencia del número de fans que tenga esta cantante o de que pueda estar inflado el número de seguidores que posea en Instagram, un mínimo de trascendencia tienen sus manifestaciones de cara al público y no se puede, sin indicio probatorio alguno, tirar la piedra y esconder la mano, máxime cuando la piedra puede impactar en alguien inocente, como así ha sido, si bien, a Dios gracias, no concluyó en palabras mayores.

Y es que poco después tuvimos conocimiento de que la Guardia Civil había tenido que auxiliar a un joven, del que se había difundido su imagen, alertando que era el causante de los supuestos pinchazos en Candás.

Y la cantante, consciente del daño que su imprudente acto había podido ocasionar, no tuvo más remedio que rectificar en su cuenta de Instagram:

“Candas al final fue un bulo que acabo siendo el juego del teléfono. Hemos pedido los informes toxicológicos y NO hubo pinchazos ayer. Me siento ahora más impotente que antes porque algo que colgué de corazón para protegeros a todes resulta ser mentira y le quita peso a la causa x la que luchamos cada día.

Quiero decir cosas. 1.- En ningún momento colgué nada con ningún fin sensacionalista, era porque mi instragram es mi única vía de información y si puedo ayudar a que estéis alerta con él, así lo haré. Me pone muy triste que esto se haya convertido en una guerra de verdades cuando yo lo único que quería era protegeros. Aunque así aunque haya actuado de manera impulsiva a modo de protección hemos querido contrastar esta info y finalmente era falsa

Que esta información sea falsa no quita que esto esté pasando y que por eso se extiendan tan rápido estos bulos y parezcan reales.

Así que sigo manteniendo que nos cuidemos lo máximo x mucha rabia k me de decirlo”.

Lo cierto es que mejor hubiera estaba calladita la cantante, aunque lo más correcto sería decir, que mejor hubiera tenido sus manos enguantadas para que con sus dedos no hubiera tenido que escribir paridas en internet

¡Qué daño han hechos las redes sociales a personalidades públicas, de más o menos nivel de popularidad, dejando sin empleo a sus representantes ante los medios de comunicación, quizás mucho más sensatos antes de lanzarse al ruedo de la información!

Vamos a ver, alma de cántaro, vayamos por partes.

Lo que tú denominas “juego del teléfono” ya te implica a ti misma como jugadora, pero de qué? ¿De la difusión de falacias?

Si hemos de jugar, juguemos todos, pero por favor, a lo que sea divertido para todos y que no cause daño a nadie; es algo que nos enseñaron desde pequeños.

Señalas que habéis pedido informes toxicológicos ¿Acaso te has personado como acusación popular cuando ni siquiera hay una causa penal abierta? Ver para creer, aunque uno ya está curado de espantos.

Si te sientes impotente por lo que has hecho ( difundir una noticia para proteger a TODES) lo primero que tienes que hacer, una vez que hayas comprobado que es un bulo, es pedir perdón a ese chico que estuvo a punto de ser linchado, cosa que no nos consta, que hayas hecho.

Es más, antes de haber difundido la noticia, deberías haberte cerciorado de que la misma tenía visos de credibilidad y no hacerlo a posteriori, visto que estamos hablando de algo muy serio, la comisión de un delito que en la mayoría de ocasiones afecta a menores de edad.

Pero, además, ¿Quién te ha dado a ti vela en este entierro para convertirte en la madre protectora, cuando un adolescente que se precie debe tener ciertas normas básicas aprehendidas en casa y en clase?

El de Candas, desgraciadamente, no ha sido el único episodio de un supuesto pinchazo ligado a la sumisión química.

Y es que visto en las últimas semanas (y apenas hemos rebasado el Ecuador del periodo vacacional) de las muchas denuncias que han sido formuladas (más de un centenar) no se han detectado sustancias sospechosas en la sangre de las víctimas,pudiendo en su caso ser incardinados dichos pinchazos en un delito leve de lesiones.

Y lógicamente, ello ha dado pie al alarmismo, sin que pueda descartarse que hayan sido muchos, lo que, con ganas, de revolver y ninguna gracia, se dediquen a pinchar por doquier, en el doble sentido de la palabra, amén de que esos pinchazos puedan obedecer a factores naturales.

Es más, se ha llegado a denunciar un pinchazo, cuando en realidad se trataba de una picadura de un insecto, que, como muchos bichos, nunca mejor dicho, ahora están haciendo su agosto.

Y eso nos lleva al otro protagonista que pone su imagen para esta publicación: el sádico mosquito trompetero que te aturulla la oreja en la oscuridad de la noche y te obliga a taparte hasta la coronilla, sudando la gota gorda en el momento más caluroso del año para evitar ser agujereado sin piedad o compasión, algo de lo que también se carece al cobrarse uno la venganza en plena madrugada con los ojos como platos, buscando al agresor, cojín en mano, para pintar las paredes con una sangre mezclada con la nuestra propia que ha succionado el muy ruin.

Que nosotros sepamos, ahora que estamos en pleno debate por la polémica Ley del bienestar animal (recomendamos que escuchéis el episodio de nuestro podcast “Civilizados como los animales”) no debe existir ninguna organización no gubernamental que pretenda proteger la vida de los mosquitos vampiros, aunque todo se andará.

Pero volviendo a los pinchazos, cabe preguntarse cómo están reaccionando las autoridades.

Como no podría ser de otra forma, el Gobierno progresista, al que aún le queda un año y meses para sorprendernos con algún invento original para desviar la atención de su descalabro, está aprovechando la alarma social para defender su famosa Ley del “solo sí es sí” o a la política a ultranza de las feministas más extremas, argumentando, pese a los escasos supuestos confirmados, que se tratan de acciones de carácter machista, para expulsar a las jóvenes de los espacios de diversión y ocio.

Pero, rizando todavía más el rizo, desde el País Vasco se anuncia que los pinchazos se perseguirán inicialmente como delitos de odio en los atestados policiales, sin perjuicio, claro está, de que luego la autoridad judicial los califique debidamente.

En fin, que como decíamos antes, parece que vivimos en la era del desasosiego permanente.

Al final, vamos a tener que hacer nuestro lo que el líder sindical Pepe Álvarez proclamó a principios de julio, cuando salía al paso de los augurios pesimistas sobre la economía y a las puertas de una más que probable recesión.

¡Que se vayan a hacer puñetas, vamos a disfrutar del verano!

Y es que ni siquiera ahora que hemos dejado atrás la pandemia podemos dejar de estar ojo avizor ante todo y ante todos.

¿O quizás haya que decir todes?

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