NO ES LA PELÍCULA DE HOY: ASALTO AL CAPITOLIO (2021)

Finalizábamos el pasado 2020, haciendo repaso del surrealista año que habíamos vivido, con la esperanza del que el presente nos deparara unas aguas, no ya tranquilas, sino menos revueltas.

Como propósito de año nuevo, aparte de cuidar la línea, uno ciertamente había tratado de seguir el consejo de un amigo de que lo más adecuado para “no acabar del hígado” era desintoxicarse de las sesgadas informaciones que nos vienen ofreciendo unos medios de comunicación, que desde hace tiempo han cambiado la objetividad e independencia por una obediencia a su ideario político.

Y si a ello le unimos el hecho objetivo de que el influjo de las redes sociales en la ciudadanía, no solo ha incrementado la dichosa polarización, sino que han influido en los propios medios, nos encontramos ante una situación más que preocupante, alarmante.

En suma, lo más recomendable, pasaría a nuestro juicio por centrarse en lo de cada uno y en nuestro entorno más cercano y desconectar digitalmente lo máximo posible de lo demás, sin perjuicio de la conveniencia de mantenerse atentos a la motorización, no ya legislativa, sino normativa, visto lo cambiante de las restricciones por culpa de una pandemia, ya en su tercera ola.

Pero no cabe duda que estaríamos viviendo en otro mundo, si recientemente no hubiéramos sido receptores de una alucinante información sobre hechos acaecidos, cuando aún no habíamos tenido tiempo para recuperarnos de las fiestas navideñas y a la espera de conocer como ha sido la evolución del virus durante las mismas.

Y así, el día de Reyes traía un enorme saco de carbón que se desparramaba por todo Estados Unidos, como demostración de un esperpento nunca visto en la tan cacareada primera democracia del mundo, que no deja de sorprendernos, negativamente.

Ciertamente, si lo sucedido no hubiera arrojado el triste balance, hasta el momento en que escribimos estas líneas, de cinco fallecidos, una decena de heridos y cincuenta detenidos, nos hubiéramos decantado por una reflexión mucho más irónica sobre lo que se ha convertido un auténtico espectáculo circense, con derramamiento de sangre.

Circo, alentado por un payaso y sinvergüenza, con todas las letras, que quedarán para siempre en el recuerdo como ejemplo de la ignominia, manipulación, temeridad y alevosía política : Donald Trump.

Desde esta web no nos gusta ponernos medallitas sobre lo que se ha confirmado, tal y como habíamos pronosticado, pero como se suele decir, al César lo que es del César.

Y es que si bien en nuestro blog ya hicimos referencia a las barrabasadas de Trump sobre el virus, también tuvimos oportunidad de publicar un artículo sobre el caldo de cultivo que, en grandes dosis se estaba repartiendo entre los ciudadanos norteamericanos, tras un año condicionado por la pandemia y agravado por el conflicto racial, con ocasión de la brutal muerte de George Floyd.

Alertábamos entonces de lo que podía suceder y ha sucedido, desgraciadamente, el día de Reyes.

El 6 de enero, iba a celebrarse un encuentro en el Capitolio de Washington para validación del resultado electoral del pasado mes de noviembre y la confirmación de la proclamación del próximo Presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ceremonia, que en precedentes ocasiones siempre había pasado desapercibida para la ciudadanía, en tanto que mero trámite ordinario.

Pero el actual presidente (al que ya quitamos la mayúscula), que ha venido envenenando el cerebro y corazón de millones de estadounidenses desde hace mucho tiempo, congregó a doscientos cincuenta mil partidarios en las inmediaciones de la Casa Blanca, para un incendiario discurso.

Y así, durante una larga perorata de hora y media, Trump seguiría repitiendo su mantra sobre el fraude electoral, que desde incluso antes de las propias elecciones viene denunciando sin pruebas (no en vano, han sido rechazadas todas sus reclamaciones ante los tribunales, y van ya setenta por todo el país) persistiendo en su negativa a reconocer a su adversario como ganador en buen lid.

“No nos rendiremos”; “Vamos a detener el robo” ; “Nunca recuperaremos nuestro país, mostrando debilidad. Se tiene que mostrar poder y se tiene que ser fuerte” “hay que priorizar la lucha” fueron algunas de sus palabras y, refiriéndose al Capitolio, “Vamos a caminar hasta allí, y yo os acompañaré”

Estaba ya claro que su previa negativa a responder ante los medios, sobre la sencilla pregunta de si iba a facilitar un traspaso de poderes pacífico, había encontrado una respuesta: la violencia de sus enfervorizados acólitos, alentada por él mismo.

Así, una vez finalizada la arenga, cientos de los manifestantes más radicales, emprendieron una corta marcha de menos de dos kilómetros hacia el Capitolio y tras enfrentarse violentamente a la escasa presencia policial, rompieron un frágil perímetro de seguridad,para irrumpir a la fuerza en las instalaciones del sacrosanto lugar del Poder Legislativo y por ende de la Democracia estadounidense.

Y aunque suena manido decirlo, las escenas de la turba enardecida por Trump, golpeando a los periodistas, escalando muros y rompiendo ventanas o puertas fueron propias de un país bananero.

Mientras el mundo civilizado fue testigo de la violencia de los excéntricos seguidores de Trump, para triste recuerdo de lo sucedido, nos quedaría una galería de imágenes, algunas de ellas carnavalescas, pero todas trágicas.

El que no llevaba ropa paramilitar o tribal, portaba emblemas de Qanon en sus atuendos o iba ataviado de una pancarta o bandera confederada, mientras que otros iban disfrazados de Batman e incluso con pieles y cuernos, como es el caso Jake Angeli, fanático vinculado al propio movimiento conspiranoico y conocido como lobo de Yellowstone.

Pero también se hicieron virales otras escenas lamentables, como las de un tipo sentado en la mesa de la vicpresidencia de la cámara del senado gritando “Trump ganó las elecciones” o la de otro sujeto, no especialmente joven, sentado en el despacho de la congresista demócrata Nancy Pelosi, con los pies encima de la mesa, donde incluso le dejó un mensaje escrito: No nos rendiremos.

Todos ellos se grababan y hacían selfies con sus móviles, como recordatorio de su “hazaña”, para enseñárselo a sus amigotes y como no podía ser de otro modo, se saltaban a la torera las medidas sanitarias de seguridad, obligadas por una pandemia que se está cebando con la población de Estados Unidos, al igual que con la del resto del mundo.

Delirante y escandaloso.

Si bien pudo evacuarse a muchos políticos y al personal por la red de pasillos subterráneos, la Cámara de representantes quedó aislada con diputados encerrados dentro, lo que provocó la actuación de la policía del Capitolio, para protegerlos ante una posible agresión (sobrecogedora la imagen de varios agentes acechados, apuntando con sus armas) teniendo luego que recurrir a gas pimienta y bombas de humo, para disolverlos.

El toque de queda fue declarado por la Alcaldesa de Washington, mientras a petición de un ya demasiado presionado Mike Pence, Vicepresidente conocido por su supremacismo católico y homofobia, amén de negacionista de la pandemia, se desplegaban tardíamente cerca de mil reservistas de la Guardia Nacional.

Y tal extremo es más que sorprendente y penoso, máxime si tenemos en cuenta que el propio Trump se sirvió de inmediato del propio cuerpo armado, para atrincherarse en la Casa Blanca, con ocasión de las violentos incidentes acaecidos durante las concentraciones del Black lives matter.

Y Trump, en lugar de denunciar de inmediato la violencia y rogar a sus simpatizantes que se retirasen, a través de su red social favorita, Twiter, tan solo pidió que se fueran en paz, a sus casas, mientras continuaba adulándolos y crispándolos “Os amamos. Sois muy especiales” “esto es lo que que sucede cuando se roba con saña y sin contemplaciones una victoria electoral sagrada y aplastante”

Mientras que los principales periódicos coincidían en sus titulares, para señalar que Trump había incitado a las masas a un asalto al Capitolio, no se hicieron esperar las reacciones de los líderes de otros países.

El primer ministro Boris Johnson, tradicional alidado de Trump, hablaba de «escenas vergonzosas», la germana Angela Merkel se sintió «enojada y también triste», mientras que Pedro Sánchez esperaba que con la nueva presidencia de Joe Biden se superaría “ la etapa de crispación, uniendo al pueblo estadounidense» y Macron sostenía que no se cedería “ante la violencia de unos pocos”.

Son esos, algunos ejemplos dentro de una repulsa que fue casi unánime, porque ¿ adivinan quien fue uno de los pocos en no condenar los atroces actos, aparte del propio Trump? El amigo Bolsonaro.

Es difícil pronosticar cuál va a ser la acción de la justicia ante lo que parece un claro acto premeditado de cometer un delito de sedición o de golpe de Estado institucional, que nos ha de recordar a lo sucedido durante el desafío secesionista del procés en Catañuña, con su autoproclamada república, que vino precedida de un cerco del edificio Consejería de Economía por parte de cuarenta mil manifestantes, algunos de ellos tan agresivos que destrozaron vehículos de la Guardia Civil.

Pero, visto que aún quedan dos semanas para la toma de posesión de Joe Biden, el próximo 20 de enero, para evitar males mayores, algunos ya hablan de proceder a una inmediata incapacitación del presidente, acudiendo a la vigésimo quinta enmienda de la Constitución o bien a un proceso de destitución, a través de un nuevo impeachment.

Sin embargo, otros entienden que ello supondría convertir a Trump en un mártir de su causa, siendo preferible esperar y rezar para que el traspaso de poderes sea tranquilo, teniendo en cuenta que el todavía republicano cuenta con un electorado a su favor de setenta y cinco millones de personas.

Pero lo preocupante es que pueda haber tal número de descerebrados en Estados Unidos o cuando menos, ciegos ante una realidad que es vista por el resto del mundo, salvo que nos hayamos perdido algo.

En cualquier caso, lo que ya nadie discute es que Trump volverá a la carga y mucho tendrán que cambiar las cosas para que él o uno de sus tapados, no se vuelvan a presentar dentro de cuatro años a las elecciones presidenciales.

Hasta entonces, con una férrea oposición de Trump, desde fuera de la Casa Blanca, idéntica a la que existido desde dentro, se atisba un autentico calvario político, amén de una lenta agonía para la salud mental y física de un casi octogenario Biden, pese a contar con el apoyo de una Kamala Harris que apunta muy buenas maneras, como Vicepresidenta.

En este sentido, nos remitimos a nuestra publicación en la web sobre el líder de los demócratas.

Por tanto, será difícil que Trump recapacite, dada su ególatra y narcisista naturaleza, que busca dividir y encontrar enemigos por doquier, con teorías aberrantes sobre conspiraciones imposibles que muchos han seguido, siguen y seguirán.

Y ya sea por propio orgullo o porque trate de blindarse moralmente ante múltiples causas judiciales que está pendiente de afrontar y que sin duda achacará a una venganza de los Demócratas, no forma parte de su filosofía de vida optar por plegar velas, máxime si se encuentra capitaneando un barco sin rumbo, pero que aún navega contra viento y marea, en medio de la turbulenta tormenta que ha desatado.

Porque si Trump tirase ahora la toalla, sus fieles se lo comerían vivo, tras haber alimentado durante años a un voraz monstruo de odio colectivo que, o bien mantendrá el hambre de victoria a otro mandato de cuatro años o bien saciará su sed de venganza de los adversarios o traidores a la causa.

No obstante, quizás no deberíamos ser tan pesimistas y mantener el anhelo de que algunos de los descerebrados maduren o los ciegos recuperen la vista, durante este periplo.

Con el tiempo es probable que tras recapacitar, se sientan avergonzados de haber apoyado a tamaño personaje, sin escrúpulos, cuyo extremo populismo de telepredicador ha llevado al país al descalabro social.

Pero antes de acabar esta publicación no podemos olvidarnos de aquellos quienes han sido cómplices de su despropósito, las redes sociales, que después de haber dado acomodo a sus bravatas durante años, amparados en la libertad de expresión, ahora se apresuran a cerrar sus cuentas y a eliminar sus vídeos incitando a la insurrección, por motivos de seguridad nacional.

Redes que tampoco han silenciado como se merece a sus seguidores, con delirantes grabaciones o mensajes que han venido incitando al odio, desde posturas intransigentes y extremas.

Sea como fuera, y después de todo lo sucedido, se pronostica un complejo lavado de la imagen de Estados Unidos, espejo donde se ha mirado el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Y es que difícilmente podrá ya el ciudadano norteamericano mantener esa sempiterna superioridad moral de la que se ha vanagloriado frente a los nacionales de otros países, a los que siempre han mirado por encima del hombro.

Una dura cura de humildad, la suya.

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