LA TRAGEDIA DE GENE TIERNEY POR CULPA DE UN BESO ENVENENADO.

Mucho tuvo que impresionar a Agatha Christie conocer lo que le había sucedido a la estrella del Hollywood clásico, Gene Tierney, cuya vida se había teñido de la más absoluta amargura, tras un hecho que, si bien tan solo había durado unos segundos, lo había cambiado todo para siempre.

Y es que la afamada escritora británica no tuvo complejo alguno para trasladarlo, como parte esencial de la trama de una de sus novelas de misterio más conocidas, El espejó se rajó de parte a parte, publicada en 1962 y llevada a la pantalla en 1980 por el director Guy Hamilton, con el título de El espejo roto.

Pero antes de describir aquel momento fatal, debemos explicar al lector más joven o menos cinéfilo quién fue Gene Tierney (1920-1991)

Sería el productor Darryl F. Zanuck, mandamás de la Twentieth Century Fox, el primer cineasta que se quedó prendado de su encanto, cuando la vio actuando en un teatro de Broadway.

Y es que la belleza singular de la menuda Tierney llamaba la atención, con unos poderosos ojos verdes, cuya mirada felina enamoraba a primera vista y con exóticos rasgos faciales, que la alejaban del arquetipo de la gélida belleza anglosajona.

Como luego afirmaría el propio Zanuck, quien no dudó un solo segundo en contratarla, era “incuestionablemente la mujer más bella de la historia del cine”

El éxito no tardaría en llegar, con mucho esfuerzo y dedicación de una jovencísima actriz, que debutaría en 1940 con diecinueve años, en el western La venganza de Frank James, de la mano, nada menos, de Fritz Lang y con Henry Fonda, nada menos, como protagonista masculino.

Pese a que Tierney fue mejorando notablemente en su calidad interpretativa, la actriz no se sentía del todo satisfecha, pues detestaba como sonaba el tono agudo de su voz, ante lo que tomó la determinación de fumar como si no hubiera un mañana.

Y al tiempo que su voz se volvía más ronca, y rodaba nuevas películas, su glamuroso estilo copaba las portadas de las revistas de moda, mientras protagonizaba gran parte de los mayores éxitos de la Fox, como El diablo dijo no (1943), el gran clásico de cine negro, Laura (1944) , Que el cielo la juzgue (1945), película por la que obtuvo su única nominación al Oscar a la mejor actriz, El filo de la navaja (1946) o El fantasma y la señora Muir (1947), entre otras.

No obstante, su vida personal no se hallaba exenta de problemas, en especial por su relación con su estricto padre, quien desde el primer momento se había opuesto a su romance con Oleg Cassini, un apuesto diseñador de vestuario, del que Tierney se quedó prendada, y con quien contraería un matrimonio exprés en Las Vegas en 1941, sin contar con la aprobación paterna.

Sin embargo, su padre no iba ser precisamente el mayor ejemplo de honradez, y la propia Tierney se sintió doblemente traicionada, al descubrir que no solo le era infiel a su madre, sino que había dilapidado la creciente fortuna que su progenitor administraba desde su debut como actriz.

Pese a ello, Tierney optó por centrarse en su trabajo, sin descuidar un matrimonio que muy pronto le traería su regalo más preciado: la maternidad.

Pero la desgracia se cebó con la joven estrella de Hollywood, ya que su hija Daria nació de forma prematura en 1943, ciega, prácticamente sorda, y con una severa discapacidad intelectual.

Todo apuntaba a que el virus de la rubeola había perjudicado el normal proceso de gestación del feto, lo cual parecía insólito, dado que la actriz no era consciente de que ella o nadie de su entorno más próximo, estuvieran enfermos durante su embarazo.

Desgraciadamente, la situación de su hija era irreversible, y pese a que ciertamente Tierney se negaba a tirar la toalla en la búsqueda de soluciones médicas para Daria, recurriendo a los mejores profesionales del país, al final tuvo que aceptar la cruda realidad y tener que elegir entre ser una abnegada madre o una ajetreada estrella de Hollywood.

Y es que para poder seguir con su exitosa carrera, cuyos rodajes y promociones la obligarían a estar lejos de casa y del extremo cuidado que su hija necesitaría, Tierney optó por ingresarla en un centro, algo que jamás se perdonaría.

Pero el desgarro en su corazón de madre, se convirtió en una total fractura, al tener oportunidad de hablar con una devota admiradora, que había coincidido con ella años antes, cuando la actriz, en su primer trimestre de embarazo, había acudido en 1943 a la Hollywood Canteen.

Fue aquel un local abierto tras la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y que albergaba encuentros para entretener a las tropas y recaudar fondos para la causa.

Pues bien, la admiradora, ex marine del ejercito, le confesó a Tierney que aquel día no había podido resistirse, pese a estar enferma de rubeola y en vez de quedarse en casa y seguir cumpliendo el estricto protocolo sanitario de cuarentena para evitar contagios, acudió a la Hollywood Canteen para conocerla.

Y en su condición de soldado, tras lograr aproximarse a su idolatrada estrella, pedirle un autógrafo y hablar con ella durante unos instantes, la había besado en ambas mejillas.

Recordando la mirada petrificada de Elisabeth Taylor en El Espejo Roto, no resulta difícil imaginar aquel momento puntual, en el que Tierney al fin descubrió quien había sido la causante de su desgracia y cómo la irresponsabilidad y egoísmo de una fan la habían marcado a fuego para siempre.

Y es que la actriz no volvería a ser la misma desde entonces, pese a que luego tendría una segunda hija, que nacería y crecería sana, dado que desarrolló tamaño sentimiento de culpa, rabia, desolación y frustración, que ningún ánimo de consuelo podrían ya mitigar su pena.

Fue tal la depresión y estrés acumulado, que pronto abocaron en una seria merma de su salud mental, que hoy diagnosticaríamos como trastorno bipolar, combatido con varios ingresos en clínicas psiquiátricas, en las que recibiría una fuerte medicación y tratamientos con electroshock, que sin duda afectarían a su memoria, tan esencial en su trabajo como actriz.

Todo aquello parecía demasiada incomodidad para un inquieto y atractivo Cassini, acostumbrado a una activa vida social y cuyas infidelidades ya estaban en boca de todos, como su relación con otra diva, Lana Turner.

Sin embargo, el divorcio tardaría en materializarse, con varios intentos de reconciliación y el nacimiento en 1948 de su hija Christina, pese a que la distancia afectiva entre ambos era ya más que notoria e insalvable.

Durante ese incierto periodo sentimental, si bien Tierney rechazaría por enésima vez a un poderoso Howard Hughes, al que consideraba su mejor amigo, tras haber sufragado gran parte del tratamiento médico y hospitalario de su hija Daria, la actriz mantuvo un sonado idilio con Kirk Douglas y más tarde se enamoraría de un apuesto joven, que veinte años después acabaría liderando la nación como Presidente: John F. Kennedy.

Sin embargo, el patriarca de la familia demócrata más influyente de Estados Unidos, se opuso a un posible matrimonio de la pareja, dado que, aspirando su hijo a lo máximo en la política, una mujer divorciada nunca sería bien recibida en el seno de una familia católica, por muy estrella de Hollywood que fuera.

La triste casualidad querría luego que la mujer a la que sí se daría el visto bueno como esposa de Kennedy, Jacqueline Bouvier, ya como primera dama, elegiría precisamente a Oleg Cassini, como diseñador de un vestuario, admirado e imitado por todos.

Tras divorciarse de Cassini en 1953, Tierney intentó sin éxito recuperar la estabilidad sentimental con Alí Khan, ex marido de Rita Hayworth e hijo del Aga Khan II.

Pero en lo que refiere a su trabajo como actriz de primer nivel, todo cuanto estamos narrando ya le estaba pasando una factura demasiado costosa para reconducir su carrera en Hollywood, que finalmente tuvo que abandonar en 1964, cuando solo contaba con cuarenta y cuatro años.

Y así, durante los años cincuenta, si bien Gene Tierney conservaba su belleza, algo más madura, apenas podía concentrarse para retener las líneas de diálogo, impidiendo su participación en películas que la hubieran catapultado aún más, como es el caso de Mogambo, donde fue sustituida por Grace Kelly.

Pero un nuevo sobresalto el día de navidad de 1957, la llevaría a un prolongado ingreso en una clínica, con nuevos tratamientos invasivos para combatir sus problemas mentales.

Y así, la actriz se subió con más que aparentes intenciones suicidas a la cornisa del edificio donde vivía su madre en Nueva York, permaneciendo allí durante veinte eternos minutos, hasta que la Policía consiguió convencerla para que no se arrojara al vacío.

Tras ser dada de alta , Tierney, quizás avergonzada, optó por mantenerse alejada de los focos de Hollywood, trabajando durante algún tiempo como vendedora en una tienda de ropa, hasta que fue reconocida por una seguidora, con el consiguiente revuelo de la prensa sensacionalista.

Y no sería hasta 1960 cuando logró encauzar su vida con el petrolero Howard Lee, una vez divorciado éste de otra bellísima estrella, amén de extraordinaria mujer, Hedy Lamarr, de cuya apasionante vida también tuvimos oportunidad de escribir en el blog.

La opinión pública apenas tendría noticias de Gene Tierney durante los posteriores años a su retirada del cine, más allá de su compromiso con instituciones benéficas en la lucha contra la discapacidad infantil, amén de esporádicas apariciones en televisión.

Y en cuanto su vida personal, si bien la felicidad del matrimonio tampoco era del todo plena, tras sufrir Tierney un aborto y desistir de tener hijos naturales, quizás con su esposo sí encontró el cariño y apoyo que se merecía, y a un fiel compañero de su difícil viaje de la lucha contra la enfermedad mental, hasta el fallecimiento de Lee en 1981.

Una década después, un enfisema pulmonar acabaría con la vida de la propia Gene Tierney, a los setenta y un años de edad.

En su salud sin duda había hecho mella una adicción al tabaco de medio siglo, iniciada cuando aspiraba a todo, siendo muy joven y cuando, como escribíamos antes, fumaba demasiados cigarrillos para cambiar una aflautada voz, que tanto odiaba.

Y es que, según ella, parecía una Minnie Mouse enfadada, impropia de una mujer fatal, como las que varias veces encarnaría en la gran pantalla.

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