LA PELÍCULA DE HOY: ELVIS (2022)


Como bien recordaba el psicólogo Antonio Cervero en uno de los episodios de nuestro podcast, el ser humano más que racional, en puridad es emocional.

Y con el cine, como con muchas situaciones de la vida, sucede algo parecido, en nuestra condición de espectador.

Cierto es que durante la exhibición de la proyección en la pantalla de la sala o en tu televisor, percibes algo que luego tratas de digerir, incluso con un segundo o tercer visionado para un mejor entendimiento.

No obstante, en toda obra cinematográfica que cala hondo, sobremanera se generan diversas y variopintas emociones.

Pues bien, el director, Baz Luhrmann es el cineasta ideal para desatar todas las emociones habidas y por haber, tanto en el sentido positivo como negativo, vista la puesta en escena que nos suele plantear, en películas en las que importa no solo lo que se cuenta sino cómo se nos cuenta.

Cierto es que cuando se supo de la existencia de un proyecto de biopic sobre Elvis Presley, quienes somos muy aficionados a la carrera del rey del rock esperábamos el estreno de esta película con cierto recelo.

Y es que teniendo en cuenta los antecedentes del director australiano, que apuntaban a una carrera algo errática en los últimos tiempos, la desconfianza estaba servida.

En este sentido, si bien con Romeo+Julieta y ¡Moulin Rouge! había mostrado una gran originalidad, eso sí, no exenta de exuberancia y excesos de la puesta en escena, en ocasiones mareante, tras la mediocre Australia y el fallido remake del Gran Gatsby, pocos apostaban en que Elvis se convertiría en la extraordinaria película que es.

Es más nos atreveríamos a decir que es sin duda la mejor del director, cuya devoción por el cantante ha quedado magistralmente plasmada en las más de dos horas y media que tiene de metraje.

No en vano, con una prolongada ovación de más de diez minutos en el reciente festival de Cannes y tras las alabanzas de la crítica que han venido acompañadas del aplauso del público, ya muchos consideran que puede ser el principal rival a batir en la próxima edición de los Oscars.

Es este punto conviene advertir que este certamen quizás necesite un empuje notable en un periodo tan aciago y pesimista como el que vivimos tras la pandemia, para poder así retomar la senda del espectáculo, en el sentido literal de la palabra, tras algunos años de absoluta entrega al cine social, casi documental y por qué no decirlo, aburridísimo.

Antes de centrarme en la historia de la película (que no deja de estar basada en hechos reales, sin bien el argumento contiene algunas licencias en cuanto a lo realmente sucedido, en especial, respecto de la coincidencia de Elvis con otros artistas de renombre) aconsejaría a quienes decidan acercarse al cine que elijan la sesión en versión original.

Quien esto escribe siempre es partidario de ver las películas en su idioma original, para poder disfrutar de las interpretaciones de los actores, sin dejar de reconocer que España es probablemente uno de los mejores países, por no decir el mejor, en cuanto a la calidad de sus actores de doblaje.

Pero en el caso de Elvis, el magnífico Jordi Brau Riera ,que ha puesto la voz a actores de la talla de Tom Cruise, Sean Penn, Robin Williams o Tom Hanks, no acierta a la hora de doblar a uno de los personajes clave que interpreta este último, el coronel Tom Parker, hasta el punto de que hace su presencia del todo cargante.

Y no mucho mejor lo hace Raúl Rodríguez en relación al cantante al que encarna Austin Butler , cuya voz sureña era tan característica, hasta el punto de rozar el patetismo en la escena en la que Elvis llora la muerte de su madre.

Además, lo triste de ambos casos, para quienes la hemos visto en la versión doblada y no vayamos a pasar otra vez por taquilla, es que los dos actores suenan ya como candidatos al Oscar, como actor de reparto y principal, respectivamente, dentro de la que se espera una larga lista de nominaciones que a bien seguro incluirá también la de mejor película, director, montaje y edición de sonido.

Pero ya refiriéndonos a la trama de la estupenda película de Luhrmann, y a diferencia de otros recientes y destacables biopics como es el caso de Rocket man en relación a Elton John y Bohemian Rapsody sobre Queen y en especial, el malogrado Fredie Mercury, que se nutren en esencia de los excesos y adicciones y demonios internos sobre orientación sexual, en el caso de Elvis se recrea una vida mucho más apasionante que la de los artistas británicos y que finalizó trágicamente a los cuarenta y dos años de edad.

Por ello, amén de mostrarnos parcialmente su legado musical, con una retahíla de sus eternas canciones que todos hemos tarareado y que no admiten detractor alguno, sabiamente encajadas en una miscelánea con sabor añejo y moderno al mismo tiempo, Elvis recrea de forma brillante cómo fueron sus inicios, cuando se generó un auténtico terremoto social, visto que un apuesto y timorato jovencito blanco se transformaba para ser capaz de moverse y cantar como el mejor de los artistas negros.

Es innegable que el de Tupelo era un auténtico animal encima del escenario, que tan solo pudieron contener, tras la represión ejercitada por las autoridades y en especial, por un senador supremacista cuyo temor era que la juventud norteamericana blanca y cristiana se dejara seducir por los movimientos pélvicos casi espasmódicos al son de unos compases de un música calificada como demoníaca y de negros.

Es entonces cuando el infame Coronel Parker cobra especial protagonismo en el desarrollo de la vida del cantante y por ende, de la película.

Y es que, en cuanto que agente y representante en exclusiva del joven talento, exprimió como pocos la gallina de los huevos de oro, más allá de lo tolerable como persona.

Desde luego que el suyo no es el único caso en la historia de la música del cine, en las que alguien en quien se deposita la confianza, tan solo quiere explotar un negocio, sin tener en cuenta las vocaciones o anhelos artísticos, salvo que estos generen pingües beneficios.

Pero en lo relativo a Elvis Presley, tal cual se narra en la película, la conducta del farsante apátrida destila tamaño cinismo que no es de extrañar que su representado emprendiera un periplo ciertamente errático, por mucho que ello le reportara admiración y un éxito arrolladores.

Tras su paso forzoso por el servicio militar, y su mediocre recorrido como artista de Hollywood, su talento le devolvió a la cima de la música.

Pero los objetivos de su agente para saldar sus propios pufos apuntarían a contener a la bestia en una jaula de oro en un lujoso hotel de Las Vegas.

Más pronto que tarde, llegaría su declive profesional y personal, con un prolongado consumo de pastillas que le permitieran mantenerse a tono al tiempo que exorcizaba su demonios en su peculiar bajada a los infiernos, tras la previsible ruptura con su esposa Priscilla, harta de sus desmanes y excesos.

En suma, una gran película que disfrutaran, como no podía ser de otra forma, quienes hayan sentido una mínima afinidad por uno de los principales íconos de la cultura popular del pasado siglo, que ha servido de inspiración a muchos artistas que apenas han podido aproximarse a lo que ha sido Elvis Presley.

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