ETA, EL RECUERDO BLOQUEADO DE UNA MEMORIA QUE PRETENDEN REPRIMIR.

Rompí a llorar aquel fatídico sábado 12 de julio de 1997, no pude evitarlo.
Fueron lágrimas de rabia, pero también de desesperación.

Por vez primera me sucedía algo parecido; el llanto por la desgracia de alguien a quien ni siquiera conocía.

Y aquel era un chaval de veintinueve años (apenas dos más que yo) que se convertiría en triste protagonista de la peor de las noticias que podíamos recibir los españoles.

En la radio confirmaban que habían encontrado gravemente herido a Miguel Ángel Blanco, concejal del Partido Popular en Ermua; su fallecimiento era cuestión de horas, tras ingresar en el hospital con dos disparos en la cabeza.

Se cumplía así lo que había vaticinado en privado el por entonces ministro del interior, Jaime Mayor Oreja, tachado por muchos de apático, pero siempre sensato y prudente en lo relativo a la cuestión terrorista.

Y es que Mayor Oreja lo tenía claro. Había sido un asesinato a cámara lenta de cuarenta y ocho horas de duración.

Ese era el plazo que los criminales de ETA habían dado al Gobierno de España para aproximar a todos sus presos al País Vasco.

Ceder al chantaje parecía impensable, pero de haberlo hecho, ni siquiera hubiera sido factible para nuestro Gobierno con tan escaso margen.

De esta guisa, los asesinos de ETA se vengaban de la enésima victoria de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, tras obtener la liberación del funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, que un mes antes se mostraba a la opinión pública en un estado deplorable, tras quinientos treinta y dos días de cautiverio en un zulo, el secuestro más largo de la historia de la banda criminal.

Al día siguiente, los titulares de los periódicos se hicieron eco de lo sucedido con la contundencia que tal dramática situación merecía.

De entre todos ellos, recuerdo especialmente uno, de Diario 16, en un ejemplar que conservo en papel desde aquel día, con una portada en fondo negro, símbolo del luto nacional:

ETA NO ESCUCHÓ LA VOZ DEL PUEBLO
HIJOS DE PERRA

Y así fue, a los asesinos les dio igual que todas las fuerzas políticas exigieran su liberación, con la excepción de su brazo político, Herri Batasuna que, como siempre, se negó a condenar la violencia. Con conductas como esa, seis años después encontrarían su merecido castigo, la ilegalización.

Pero tampoco se vieron afectados por el clamor popular de una ciudadanía que se había manifestado en masa por las calles de toda España.

Una ciudadanía, que tras conocerse el fatal desenlace, expresaría su ira y hartazgo ante la sede local de los batasunos en Ermua, donde se vivió uno de los momentos más emocionantes que se recuerdan, cuando uno de los ertzainas que la custodiaban, se quitó su pasamontañas para ser abrazado por alguno de los manifestantes, sin miedo a ser reconocido por los cobardes asesinos.

Por aquel entonces la estrategia criminal de ETA pasaba por dirigir sus mortales objetivos hacia quienes estuvieran más desprotegidos, si bien contar con escolta tampoco garantizaba una absoluta seguridad para aquellos políticos, jueces, fiscales y empresarios de nuestro país que se habían convertido en auténticas dianas andantes.

Pero tras aquella tragedia del verano de 1997, todavía quedaría un largo y sangriento periodo de más de una década hasta que la banda de asesinos fuera reduciendo su actividad armada, para mantenerse como la única organización terrorista que operaba en Europa Occidental, tras la desaparición del IRA irlandés.

Poco a poco, ETA vería ahogada su capacidad económica y desmantelada su infraestructura por una incesante autoridad judicial, que defenestró a Herri Batasuna del espectro político y clausuró su perverso panfleto periodístico, el diario Egin.

E insoportable terminó haciéndose para ellos la incansable presión de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, apoyados, al fin, por sus compañeros de un país otrora santuario de los terroristas, Francia.

Esos policías y guardias civiles que acorralaron a ETA pudieron brindar su denodado esfuerzo como homenaje a sus caídos durante los años de plomo, periodo en los que también fueron asesinados muchos miembros de nuestro ejército.

Todos ellos y sus familiares padecieron el “síndrome del Norte”, recibiendo de gran parte de sus vecinos un injusto trato, todo tipo de insultos, amenazas, desprecios y cobarde desdén, cuando no indiferencia o pasividad para no enfrentarse a los violentos y correr su suerte. El miedo era muy libre.

Fueron esos agentes caídos, auténticos héroes uniformados, con destino en el País Vasco y Navarra, pese a ser oriundos de cualquier otro lugar de España, a los que se les negaba el saludo por cumplir con su obligación y a cuyos familiares apenas se acompañó en el duelo durante sus sepelios.

No sería hasta el 20 de octubre de 2011 cuando tres terroristas, ataviados grotescamente con su chapela encima de la capucha, anunciaban un alto el fuego definitivo, finalizando puño en alto, tras proferir la enésima falacia: “ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve en él”.

Causaría carcajada la ridiculez de su atuendo y su palabrería, si no fuera por el sangriento bagaje que tenían a sus espaldas y que obligaba a que el pueblo español no estuviera ya para bromas.

Y aunque se veía venir, todos respiramos más tranquilos aquel otoñal día, puesto que por primera vez intuimos que ETA había desaparecido para siempre de nuestras vidas, tras cincuenta años de actividad, si bien no fue hasta el 3 de mayo de 2018, cuando se reiteró por última vez, esta vez por carta, su autodisolución.

Primero la disolución, luego la autodisolución. Últimos delirios terminológicos de unos fanáticos, a quienes precisamente hay que agradecer que uno de sus mayores errores fuera dejarlo todo por escrito como imperecedera evidencia del absurdo de su barbarie. Y con un escrito se evaporaron.

Fueron cinco largas décadas durante las que se regó las calles de nuestro país con la sangre de las víctimas, con ochocientos cincuenta y cuatro asesinados, miles de heridos,muchos de ellos mutilados o tetrapléjicos, amén de un sinfín de familiares y amigos, que han sufrido un desgaste psicológico terrible.

ETA fue fundada en 1959 por una serie de estudiantes que aspiraban a emprender una revolución marxista, en el contexto de represión franquista a la identidad de sus raíces y al euskera.

Su punto de partida era distanciarse de la línea moderada y para ellos endeble del nacionalismo vasco, lo cual ya es mucho decir, puesto que el PNV fundado por Xabier Arana, ya partía de una exacerbada visión racista frente al español invasor, que a mediados del pasado siglo ya representaba una parte muy creciente de su población.

Emprendieron una labor de desgaste con ciertas escaramuzas de menor relevancia, que apenas inquietaban al régimen de Franco, más preocupado por contener los conflictos laborales que se hacían insoportables en tiempos tan revolucionarios como los años sesenta.

Pero todo cambió en el año 1968, cuando se produjeron los primeros asesinatos, el del guardia civil José Pardines, en un rutinario control de carretera, y el primero premeditado, al ser acribillado el comisario Melitón Manzanas, objetivo de ETA desde hacía tiempo, por ser conocido por su crueldad con los detenidos de la banda.

No fueron tiempos fáciles para la incipiente organización terrorista, puesto que fruto de varias divisiones internas, poco a poco se fueron definiendo dos líneas que, si bien convergían en lo esencial, una Euskadi independiente frente a un Estado opresor, se distanciaban en los medios para lograrlo, lo que abocaría a dos ramas , ETA Político Militar que se mantendría activa hasta 1982 y ETA militar que desgraciadamente perviviría hasta el final.

Pero la primera victoria moral de la banda se logró tras un paso en falso del régimen franquista, que ya daba por entonces sus últimos coletazos, encausando a varios terroristas en el proceso de Burgos de 1970, que finalizó con varias condenas a muerte, que fueron dejadas sin efecto tras la presión internacional.

Tres años después, el Presidente del Gobierno, Carrero Blanco, saltaba literalmente por los aires con su vehículo, constituyendo su magnicidio la estocada definitiva de los terroristas al decrépito régimen de Franco.

En 1974 ETA mostraría por primera vez su cara más ruin al producirse la primera masacre indiscriminada de civiles, con una explosión en la Cafetería Rolando en Madrid, que arrebató la vida a trece personas.

Al año siguiente, el clamor internacional no impediría los últimos fusilamientos de Franco como demostración de que el anciano dictador pretendía morir matando; aparte de tres miembros del FRAP otros dos terroristas de ETA se convirtieron en mártires de la causa.

Con el dictador ya fallecido y ETA escindida en dos ramas, la Transición daría sus primeros pasos, al tiempo que se deslegitimaba frente a la opinión pública internacional cualquier acción armada contra un Estado que aspiraba a la Democracia, como así ha sido.

Gracias a la incansable labor de Lobo, infiltrado de la Policía, se desbarataron muchas acciones criminales y se posibilitó la detención de varios integrantes de ETA.

Pero el hacha nunca dejó de estar afilada , mientras que la serpiente siempre se regeneraba, sin perder la letalidad de su veneno.

Ni siquiera la promulgación de la Ley de Amnistía de 1977 que vació las cárceles de España de todos los presos políticos y posibilitaría el regreso de los exiliados, incluidos los de ETA, fue suficiente para sus delirantes afanes políticos representados en la alternativa Kas.

Porque democrático o no, el Estado era el enemigo a batir y sus ciudadanos, meros comparsas, cuando no, objetivos a eliminar.

Vendrían tiempos del tiro en la nuca, de alevosos ametrallamientos, de bombas por doquier, incluso enviadas en cartas, con vehículos que saltaban por los aires, y explosiones en la vía pública, centros comerciales o terminales de aeropuerto, al tiempo que se escuchaban sirenas de ambulancias como sonoro símbolo del dolor y el desgarro.

Vendrían tiempos del “ETA, mátalo”, de las pintadas amenazantes , de los secuestros con cautiverios en mugrientos y pestilentes reductos de apenas unos metros, de las extorsiones mafiosas a empresarios, del acoso y rechazo vecinal que obligaba a trasladarse a vivir fuera del País Vasco.

Vendrían tiempos de los círculos de aislamiento humano en los bancos de las iglesias, donde asqueaba la flagrante complicidad o indiferencia de buena parte de clero vasco, auspiciado por dos obispos con nombres y apellidos, José María Setién y Juan María Uriarte, que entre sus mandamientos de la Ley de Dios no parecía figurar el quinto, No matarás.

Vendrían tiempos en los que cualquier terrorista discordante de la mayoría pasaba de camarada en la lucha a traidor enemigo de la patria vasca; quizás nunca se encontrará el cadáver del disidente Pertur, tras haber sido supuestamente arrojado al mar, pero muchos verían como asesinaban en un bar al ex etarra Mikle Solaun, delante de su mujer e hijas,tras haber impedido una masacre de la banda o vieron desangrarse en la calle a la arrepentida Yoyes, incluido quien cogía su mano, su hijo de tres años.

Vendrían tiempos del cinismo y doble rasero de la banda en su defensa del pueblo vasco, para limpiar su calles derramando la sangre de toxicómanos que corrompían a su juventud, o asesinando y secuestrando en defensa de la causa ecologista, para impedir el funcionamiento de la central nuclear de Lemoniz o las obras de la autovía de Leizarán

Vendrían tiempos en que suponía una temeridad cualquier presencia en el País Vasco de destacadas personas o eventos que rezumaran españolidad, como nuestro Rey o el que discurriera la Vuelta Ciclista a España o que en su territorio se disputaran partidos de la selección española de fútbol; alguno todavía se seguirá congratulando con que el coronavirus haya obligado a la cancelación de la Eurocopa 2020, cuya primera fase iba a ser en Bilbao.

Vendrían tiempos de valientes periodistas que alzaron su voz o plasmaron su letra para denunciar su sinrazón y sufrieron amenazas de muerte como José María Calleja, Carlos Herrera, Carmen Gurruchaga, Iñaki Gabilondo, Luis del Olmo o Jesús María Zuloaga, profesionales que pudieron ver como José María Portell Manso y José Luís López de Lacalle corrieron peor suerte y pagaron su público atrevimiento con la vida.

Vendrían tiempos de la kale borroka como desgaste y amamantamiento de los cachorros de ETA, cuyos estragos generaron un apabullante coste económico, dentro de la socialización del sufrimiento que pretendían mantener como delirante estrategia del fanatismo y evidencia de que la ignorancia sumada a la violencia es el mal en sí mismo.

Vendrían tiempos del atroz terrorismo de Estado, con un PSOE incapaz ante tal sangría, que ensució nuestra democracia, sumiéndose en las cloacas del GAL y sus mercenarios o de las torturas en algunos cuarteles, que muchos celebraron, pero que son reprobables en un Estado de Derecho.

Vendrían tiempos en los que serían del todo estériles todos los intentos de negociación con los criminales, cuyas ambiciosas pretensiones eran desatendidas por los sucesivos gobiernos, habiendo sido uno de ellos liderados por un José María Aznar que pese a sobrevivir de milagro a un atentado, años después acabó denominándolos, ante el estupor general, como Movimiento Vasco de Liberación.

Vendrían tiempos del árbol y las nueces, de los que hablaba el sibilino y siniestro Xabier Arzalluz, cuando el Partido Nacionalista Vasco fue el mayor beneficiado por su mejor disposición para obtener prebendas de los sucesivos gobiernos estatales, obligados al pacto para obtener estabilidad parlamentaria, pese a sus vacilaciones continuas y a la traición que anticiparon con el Pacto de Lizarra de 1998 y consumaron con el plan Ibarretxe, demostrándonos, una vez más, que no eran de fiar.

Vendrían tiempos en los que, pese al anuncio a bombo y platillo del enésimo alto el fuego y del cese temporal de la actividad armada, todos sospechábamos que eran treguas-trampa, coincidiendo generalmente con campañas electorales de los batasunos y que aprovechaban para rearmarse y subsistir con los extorsiones a través del impuesto revolucionario.

Vendrían tiempos en los que exasperaba comprobar cómo asesinos confesos eran nombrados hijos predilectos de sus pueblos, o integraban comisiones parlamentarias de derechos humanos o cuando se reían a la cara de las víctimas en las vistas de la Audiencia Nacional.

Vendrían tiempos en definitiva, en los que daba igual que fueras uniformado o no, militar, civil o incluso un niño, que fueras gallego, murciano o de Valladolid. Nadie estaba a salvo y cualquiera podía perder la vida en un fatídico instante.

Durante esas décadas se fueron sumando inocentes víctimas a una lista de sangre derramada, de la que todos podíamos formar parte, amén de ser testigos desde nuestros hogares al contemplar, aterrados, aquellas cruentas imágenes de muerte y desolación que casi a diario abrían los informativos televisivos.

Aún siguen sin esclarecerse otras tragedias en las que la banda pudo estar implicada, si bien no existen pruebas ni indicios sólidos sobre la autoría, como la del pavoroso incendio en 1979 en el hotel Corona de Aragón en Zaragoza (ochenta y tres muertos) la explosión en el madrileño restaurante el Descanso en 1985 (dieciocho muertos) e incluso una posible implicación en los salvajes atentados islámicos del 11 de marzo de 2004 en Madrid (ciento noventa y un muertos)

Será difícil de olvidar el pálido rostro de Juan José Ibarretxe, cuando compareció ante los medios aquel día, consciente de que podía ser el fin de nacionalismo vasco. No fue el único que se precipitó en culpar a la banda. Todos nos lo creímos de inmediato.

Solo el infame Arnaldo Otegui, líder de la entonces ilegalizada Batasuna y antiguo terrorista de la banda, aseguró que ETA no estaba detrás de la masacre.

Llamarlos Hijos de perra, como decía aquella primera página del Diario 16, quizás sea injusto en todos los casos, porque sus madres, al parir, seguramente desconocían que habían engendrado a unos seres que fruto del odio, de la sinrazón y del fanatismo, cruzarían una línea que acabarían borrando para convertirse en unos asesinos.

Para nosotros, los que vivimos aquellos momentos traumáticos, fueron escenas que no podremos olvidar, pese a que algunos por higiene mental que propicia una amnesia retrograda de sucesos trágicos impactantes, ya lo habrán borrado de su mente.

Cada dos o tres días la ya de por sí inquietante sintonía del Telediario nos ponía los pelos de punta como dramático prólogo previo al visionado de cuerpos quemados, ensangrentados o mutilados.

Por nuestros ojos pasaron en directo los momentos inmediatamente posteriores a las matanzas de Hipercor, las casas cuartel de Vic y Zaragoza, los atentados de la Plaza de la Republica Dominicana o Puente de Vallecas con explosiones provocadas con artefactos repletos de metralla , pegamento líquido y escamas de jabón para causar el mayor daño posible.

Napalm en definitiva; El horror, decía el Corornel Kurtz en Apocalipsis now,el horror….

Pero quizás los que entonces éramos jóvenes, tampoco como adultos hemos sabido mantener viva la llama del desprecio que se merecen esos desalmados que segaron la vida de tantas personas, arruinaron el futuro de muchos, y pusieron en jaque la estabilidad de nuestra democracia, que llegó a tambalearse con un intento de Golpe de Estado el 23 de febrero de 1981.

Por ello, vergüenza les debería dar a muchos, si es que les queda, cuando se insiste en retrotraernos a los eventos vividos por nuestros ancestros durante la guerra civil y posterior dictadura, como mi abuelo, cuyo hermano luchó en el bando rival y con quien mantuvo una extraordinaria relación hasta el fin de sus días.

Y es que todo aquello ya estaba muerto y enterrado durante una Transición que permitió que se restañaran viejas heridas que pretenden abrir los que nos representan, como excusa para confrontarnos y crisparnos, cuando no para escurrir el bulto y desviar la atención de su indolencia política.

Y olvidan esos desvergonzados que muchos españoles dieron su vida para que ahora ellos disfruten de una paz y libertad, que ETA nos había arrebatado, para amagar pactos con Bildu, sucesores directos de Batasuna y que como aquellos, nunca han pedido perdón a las víctimas.

Y olvidan esos desvergonzados que socialistas y populares, se mantuvieron unidos para derrotar a los asesinos, conformando un amalgama del que deberían aprender, máxime en estos tiempos tan inciertos que nos ha tocado vivir, donde la unidad constitucional sería lo deseable.

Alguien podrá decir que es muy fácil hablar o escribir de todo ello sin ser vasco y sin haber vivido allí; que despotricar sobre el silencio cómplice es más que gratuito.

Y eso es tan cierto que no merece discusión; como su propio nombre indica, una organización terrorista lo que pretende es infligir el terror a través de la amenaza de una muerte segura y no cabe duda que ETA lo ha hecho con creces, hasta que las circunstancias cambiaron.

Pero tampoco se podrá culpar a muchos españoles de otras zonas que han mostrado su desconfianza e incluso aversión a todo lo que proviniese de esa cultura, lengua, bandera y un pueblo, que pese a que en su gran mayoría no deseaba la violencia, se veía atenazado para manifestar su rechazo.

Quien escribe estas líneas tiene amigos vascos, conoce a mucha gente que habla maravilla de aquellas tierras, de su cultura y de su gente, en puridad sana y noble, como gran parte de la norteña.

Ir allí constituye una delicia; aparte de la belleza de sus paisajes, es difícil encontrar un sitio donde se coma mejor, e incluso se percibe en su ciudadanía una felicidad en el rostro que es difícil de apreciar en otras partes de España.

Personalmente solo he visitado el País Vasco en tres ocasiones , si bien la última en Bilbao, tras el fin de ETA.

La dos anteriores, ambas en San Sebastian, fueron en 1999 durante uno de sus treguas-trampa y en 2009, dos años antes de su disolución.

Pero fue la segunda vez cuando percibí una extraña sensación en las calles donostiarras, que a bien seguro había pululado en el aire vasco durante tanto tiempo.

Tras estremecerme con las repulsivas pintadas que enmerdaban el precioso pueblo de Pasajes, en la Bella Easo coincidí con una manifestación de unos proetarras que a su paso se cruzaban con ciudadanos que literalmente miraban hacia otro lado, mientras los antidisturbios con pasamontañas se mantenían atentos al discurrir de la marcha.

La gráfica expresión del miedo.

Pues bien, como demócrata y español solo espero que la próxima vez que vuelva a aquellas tierras, al menos hayan desaparecido de sus muros y paredes aquellas pintadas etarras, tan detestables como lo son las esvásticas nazis.

Y quizás fuera deseable la promulgación de una Ley de Memoria Histórica ad hoc, para que nunca se olvide a las víctimas de ETA, con otra pintada bien grande que se repita por doquier en cada una de las calles de España donde ha existido un atentado: EL FIN NO JUSTIFICA LOS MEDIOS. Lo siento, Maquiavelo.

Siempre se ha dicho que el pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla y resulta ciertamente doloroso comprobar cómo la juventud de ahora apenas debate sobre aquellos años, no tan lejanos en el tiempo.

Y es que hace poco me entristecía escuchar en un documental de Jon Sistiaga que solo un 40% de los estudiantes vascos ha oído hablar de Miguel Ángel Blanco.

Cabe preguntarse qué hubiera pasado si por entonces nos comunicáramos como hoy día, a través de tantas redes sociales; probablemente el clamor se extendería velozmente en contra de las atrocidades, pero tendríamos que pagar el tributo de la noticia falsa sin contrastar, así como del sobresalto digital permanente.

Los jóvenes de ahora se encuentran anclados en la rutina de lo políticamente correcto, que aconseja verlo todo desde ambos puntos de vista.

Pero no puede existir división de opiniones cuando se hace referencia a carteles promocionales tan falaces como el de Patria, serie televisiva basada en la homónima novela de Fernando Aramburu y que ha sido ideado por un creativo ignorante o insensible.

Porque esos jóvenes tienen que entender que nunca, jamás, hubo equidistancia entre víctimas y verdugos; solo los segundos eligieron serlo.

Que entiendan esos jóvenes que sus padres, hermanos o tíos mayores vivieron una etapa de España en el que el terrorismo etarra rivalizaba con el paro en las encuestas por el dudoso merito de alcanzar el primer puesto de las preocupaciones de los españoles.

Admiro profundamente la generosidad de muchas víctimas directas de ETA, que no sucumbieron a la búsqueda de la venganza y que ahora perdonan, aunque no olvidan o de otras que se han visto cara a cara con los asesinos de sus familiares, tras arrepentirse de sus actos y acogerse a la vía Nanclares para la reinserción.

Pero respetando a esas víctimas que necesitan pasar página para afrontar el día a día, aunque difícilmente pueden conciliar el sueño, yo no puedo hacer otra cosa que mirar hacia atrás con el mayor de mis rencores y desprecios.

Porque yo también fui una víctima potencial de unos asesinos.

Porque yo también fui testigo de sus atrocidades.

Y porque yo también soy amigo de una hija que perdió a su padre, hace veinticinco años, cuando apenas él tenía cuarenta y seis, menos de los que yo tengo ahora, al sufrir un atentado en esa bella ciudad que yo luego visitaría en dos ocasiones.

Aquel fatídico ocho de junio de 1995, el enésimo tiro en la nuca de un cobarde llamado Valentín Lasarte dejaría postrado en la cama de un hospital a un valiente servidor del Estado, que perdería la vida tras cuatro meses de agonía y de calvario para su familia.

Y ese disparo a bien seguro generó un eco que resonó como tantos en las calles donostiarras, mientras algunos lo celebraban brindando con chacolí y otros suspiraban por una paz que aún tardaría en llegar.

¿Y toda esa muerte y desolación para qué?

En memoria de Enrique Nieto Viyella y de las ochocientas cincuenta y tres personas restantes que fueron asesinadas por ETA.

Descansad en paz.

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