EN LA VÍSPERA DE LA NOCHE DE HALLOWEEN, HABLEMOS SOBRE LOS CREEPYPASTAS.

EN LA VÍSPERA DE LA NOCHE DE HALLOWEEN, HABLEMOS SOBRE LOS CREEPYPASTAS.

Antes de nada, muchos tenemos que entonar el mea culpa reconociendo que desde hace tiempo hemos sucumbido a la dichosa moda impuesta desde Estados Unidos, en su momento alentada tras el estreno de la mítica película de John Carpenter.

No obstante, si bien es cierto que mucha de la ornamentación que forma parte del evento de Halloween es oriunda de aquel país, la idea no es originariamente norteamericana, ni mucho menos.

Y así, la celebración tiene su origen en una tradición celta, con amplio calado en el norte de Europa, incluida España, en especial Asturias y Galicia, si bien sería luego trasladada por los colonizadores a las tierras del nuevo mundo, como tantas tradiciones y creencias que han arraigado en Estados Unidos.

En este sentido, recomendamos la lectura del artículo “Cuando los norteamericanos aún vestían con plumas, nosotros ya celebrábamos Halloween” publicado en internet por Vox Populi.

Sea como fuere, la noche de Halloween se ha vuelto popular como encuentro pagano y consolidado como una carnavalesca fiesta en la que se disfrazan niños, jóvenes y no tan jóvenes, a ser posible con atuendos terroríficos.

Pues bien, cuando este peculiar año 2020 empieza a dar sus últimos coletazos, como muchos anticipamos, era previsible que se impusieran restricciones más severas para la libertad de movimientos y circulación, como paso previo a un segundo confinamiento domiciliario, que ya se da por seguro en esta segunda ola de la pandemia y lo que rondaré, morena…, visto que como parece, el virus ha mutado y se ha vuelto aún más contagioso.

Aunque sería osado aseverar que la icónica calabaza reconvertida en rostro terrorífico es la causa del mal llamado toque de queda, no lo es que se haya tenido en cuenta como uno de los argumentos más sólidos para contener a una joven población que ha dado muestra de insolidaridad e insensatez ante las recomendaciones sanitarias.

Y es que de no haberse tomado dichas medidas antes de la noche de mañana, 31 de octubre, las cosas solo podrían empeorar aún más, con celebraciones que, como en ocasiones precedentes, se asemejarían a una nochevieja anticipada, con un consumo ingente de alcohol que, lejos de suponer una mínima relajación o imprudente despiste, abocaría en un total descontrol y en un contagio aún más masivo.

No obstante,no nos extrañaría que el domingo por la mañana nos desayunemos con imágenes de intervenciones policiales para sancionar a inconscientes.Bien merecido lo tendrán.Avisados están.

Pues bien, aparte de una exhibición de variopintos disfraces y de reparto de golosinas, lo que siempre ha predominado en las noches de Halloween han sido los relatos de terror.

Y aunque como se suele decir, el miedo es libre, no cabe duda que hay muchos, entre los que me encuentro, a los que nos gusta pasar algo de miedo, de vez en cuando.

En este sentido, si hablamos de pasar un mal rato, lo que para algunas personas implica un sentimiento de angustia o espanto, para otros puede suponer una sensación placentera por la incidencia del estímulo en la dopamina.

No nos estamos refiriendo con ello a excentricidades tales como visitar cementerios por la noche o jugar con tableros ouija (nuestro espiritismo de toda la vida) sino a situaciones de terror controlado, esto es, como meros espectadores de un relato de ficción.

No obstante, habría que debatir mucho al respecto del razonamiento de Jung sobre el inconsciente colectivo, como premisa de unos miedos socialmente aceptados, al tiempo que enraizados en las costumbres populares.

Pues bien, dentro de esas costumbres, hasta hace bien poco imperaba la tradición oral para una transmisión de historias, mitos o leyendas urbanas con las que atemorizar, si bien algunas de ellas se inspiran en hechos reales, como la tragedia de Los alfaques, por poner un ejemplo más cercano.

Clásicos ejemplos de puras invenciones son la pandilla sangre, la chica de la curva, la Llorona o Verónica, mientras que si ya hablamos de la cinematografía, el mejor ejemplo sería The Ring, con la terrorífica niña Samara,saliendo de la pantalla del televisor.

Pero la creciente realidad digital ha cambiado el sentido de la historia, puesto que del boca a boca se ha pasado a las nuevas tecnologías, que posibilitan que sean difundida por doquier y a una velocidad de vértigo una infinidad de imágenes, vídeos o audios.

Como tantas veces decimos, el problema reside es que visto que los menores acceden precozmente a las nuevas tecnologías, no puede descartarse que perciban contenidos del todo inapropiados para su edad y que, como veremos, pueden derivar en peligrosos retos virales.

Y es que, cuando éramos pequeños, si decidíamos abstraernos de ciertos relatos o imágenes escabrosas que nos pudieran suponer un sobresalto o desasosiego, lo teníamos mucho más fácil que ahora, más allá de que nuestra imaginación nos jugara malas pasadas, puesto que tan solo llegaban a nosotros a través de la lectura, la televisión o el cine.

Pero con internet se han multiplicado las posibilidades de que un menor visualice contenidos que dejan en simples mequetrefes tanto al coco como al hombre del saco.

Se nos dirá que ciertamente no todos los niños van a reaccionar por igual ante el acceso a esas imágenes y ciertamente habrá chavales más o menos sensibles, aprensivos o crédulos.

Y así, mientras que unos sufrirán pesadillas o terrores nocturnos, otros no solo se recrearán con los relatos, sino que tratarán de aterrorizar a otros amigos, como parte del eslabón de una interminable cadena.

Pero en todo caso, al igual que con lo que sucede con las imágenes de contenido sexual, a determinada edad un menor no tiene la capacidad madurativa suficiente para un adecuado discernimiento de contenidos que pueden frivolizar la violencia o incitar a ella, no solo hacia los demás, sino hacia sí mismos.

Pues bien, en la era digital, el testigo de esos cuentos de miedo o leyendas urbanas ha sido tomado por los creepypastas.

Tal término surge de la unión de dos palabras en inglés “creepy” ( aterrador) y “copy-paste” (copiar y pegar ) y comprende relatos, fotografías, vídeos o videojuegos, generalmente acompañados de retos que se hacen virales.

Como por ejemplo, el de “Jonathan Galindo”, que recientemente se ha cobrado una víctima, tras aparecer publicado en los medios de comunicación que un niño italiano de diez años se había quitado la vida, tras lanzarse desde el balcón de su casa.

Como tantos retos virales, éste llega a los menores tras aceptarse una solicitud de amistad en una red social; a partir de ahí, se vierten una serie de espeluznantes imágenes en las que una persona aparece grotescamente caracterizada como el célebre personaje de Disney, Goofy, que reta a los más valientes con violentos encargos que pueden derivar en autolesiones o, como hemos visto, suicidios.

Pero el de Jonathan Galindo es uno de tantos creepypastas, resultando preocupante que la lista no deje de aumentar.

Quizás uno de los más conocidos es el Slender Man que incluso dio lugar a una película, pero tuvo como macabra consecuencia el apuñalamiento un niña de doce años por parte de dos amigas.

Pero desde hace un tiempo se han difundido otros creepypastas tanto o más horripilantes como Jeff the killer, The rake, Ted the caver, Smile Dog, Username 666, Candle cove o Ayuwoki; otros tan perturbadores para los más pequeños como el suicidio de Calamardo o suicide Mouse; otros que se sirven de supuestos videojuegos para infundir la violencia como Ben Drowned, Polybius,Sonic.exe,Tails Doll, Petscop o Herobrine; otros que recurren a supuestas tramas que persiguen enloquecer hasta el suicidio, como el experimento ruso del sueño o la música del pueblo Lavanda o incluso algunos que inducen a la autolesión o directamente, a quitarse la vida, como Momo o la Ballena azul.

Desde las autoridades siempre se ha tratado de evitar que se generé una mayor alarma social, apuntando a que los creepypastas no dejan de ser bulos y falacias instigados por algún retorcido o perturbado con mucho tiempo libre y bastantes ganas de fastidiar.

Y es que ciertamente no consta que las autoridades hayan detenido a los autores de los mismos o desentramado una red delictiva que los hayan estado difundiendo con intención dañina.

Pero aunque se traten de simples bromas, no cabe duda que la mayoría son de dudoso gusto y pese a que algunas de las más escabrosas puedan servir de estimulo y regocijo para crueles sujetos de escasa catadura moral, en lo relativo a los menores, puede tener efectos devastadores para su integridad.

Entradas relacionadas

Dejar una respuesta

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies